>Y nosotros apenas sobreviviendo

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Hace tiempo no río como hace tiempo,
y eso que yo reía como un jilguero.
Tengo cierta memoria que me lastima,
y no puedo olvidarme lo de Hiroshima.

Víctor Heredia – Sobreviviendo



Según eruditos científicos, las radiaciones no son tan malas, Hiroshima tuvo una brillante tarde de sol aquel 6 de agosto, y Chernobyl tuvo simplemente una fuga de gas que los vientos ucranianos expandieron por toda Europa.

Ya antes habían negado la crisis clímatica y ambiental, afirmado que la capa de ozono se ve mejor con ese agujero del tamaño de Australia y que los gases emitidos por las ovejas contaminan más que las gigantes fábricas chinas.

Y nosotros, apenas sobreviviendo.

 
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>Quién dijo que todo está perdido

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Quién dijo que todo está perdido
Yo vengo a ofrecer mi corazón
Tanta sangre que se llevo el río

Yo vengo a ofrecer mi corazón.

Luna de los pobres siempre abierta
Yo vengo a ofrecer mi corazón

Como un documento inalterable

Yo vengo a ofrecer mi corazón

Y hablo de países y de esperanzas
Y hablo por la vida, hablo por la nada
Y hablo de cambiar esta nuestra casa

De cambiarla por cambiar nomás

Fito Paéz – Yo vengo a ofrecer mi corazón

Para que el mal recule, basta que hombres de buen corazón se unan.
Para que el egoísmo se marche, basta la comunión de unos cuantos llenos de conciencia.

Para que la indiferencia se agote, es suficiente una historia sacada de las entrañas de la tierra, una melodía imitada del trinar de los pájaros.

Frases que pueden graficar lo sucedido el domingo pasado, de 5 a 10, en un breve pero cálido espacio de la ciudad gris, lleno de gente con una voluntad enorme, convocada por tres seres entrañables, casi de boca en boca, para simplemente entregar el corazón, en la mano.

Fué una velada en solidaridad con los niños de las alturas de la sierra de este Perú ajeno y propio, que mueren ante la desidia de los que subastan nuestras riquezas. La recaudación ha sido alentadora, las donaciones colmaron espectativas.

Pero lo más importante no fue el dinero, ni las ropas abrigadoras que llegarán, raudas y urgentes, gracias a la Cruz Roja, allá donde las heladas son implacables, como la pobreza. Se sabe que las causas que originan tanta muerte descansan sobre un sistema inhumano, donde la ética es un arcaismo y los derechos humanos son simples saludos a la bandera, en desfile militar.

Lo más importante de aquella velada fué la certeza que la palabra unidos hecha acción, puede hacer muchas cosas, teniendo una absoluta comprensión de la realidad: cada letra, cada historia, cada música, cada voz, fué un alimento en el alma, un despertar de emociones, un combustible para el espíritu: lejos, muy lejos de música ligera y trivialidad, de banquetes con aroma a whisky.

Como narraba el cuento de una mujer llena de energía, basta con la insular gota de una nube solitaria, y el desierto se vestirá de verdesperanza: ante ese llamado de la tierra, densos nubarrones dejarán su pesimismo, se unirán para hacerse llover y germinar lo que antes fue árida indolencia.

Toca llovernos, formar tempestades hasta ser rios que terminen con el oprobio: no queda otra cosa que ofrecer el corazón.


Más Información:

Cuentos y cantos para abrigar

Mercedes Sosa, Víctor Heredia & Fito Paez – Yo vengo a ofrecer mi corazón

>Para descubrir y considerar…

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Para decidir
Para continuar
Para recalcar y considerar
Sólo me hace falta que estés aquí
Con tus ojos claros.
Víctor Heredia, Razón de vivir

Compartiendo un café, entre libros apilados de poetas vivos y poetas muertos, se encontraban dos aspirantes a literatos, refugiados en un bar del centro de esa ciudad gris, lugar que por generaciones había ofrecido asilo a aquellas almas atormentadas por el fantasma de la inspiración: aquella dama que viene y vá, sin avisar, como si el día tuviera treinta horas por decreto supremo de algún autócrata latinoamericano.

El más viejo de los dos apuró un sorbo de café, mezclado con clandestino ron; mientras le confesaba a su interlocutor la crisis creativa que estaba sufriendo, causada por un tráfico digno de Calcuta, ocho horas sentado en un cúbiculo, el horizonte sin sol ni estrellas, la crisis de los treinta y la sensación de estancamiento en la que se encontraba, como un río con el cause detenido por mano de hombre.

Tenia la certeza, necesidad (o necedad) que sólo una musa podría ayudarle a recobrar la inspiración perdida. Pero tenía que ser una musa con todas las de la ley: compañera, en la que él pueda encontrarse en su mirada cada vez que se extravíe y no recuerde ni su nombre de tanto andar por los caminos de la cotidianidad.

En su extenso monólogo, mencionaba cada uno de los requisitos que la musa en cuestión debería tener: cultivada en las artes del buen amor y del buen humor, confesa melómana y amante del film noir, cultivadora de rosas y de la buena costumbre de leer una novela a medio andar, defensora del uso de la palabra en eras posmodernas, amante de atardeceres frente al mar y principalmente: que no permita que los que no sueñan corten sus alas alegando locura temporal , que simplemente viva e invite a vivir, andando el ancho camino, llenando hojas de hierba, escribiendo una historia en común donde él y ella sean los personajes principales, por igual, democráticos.

El más joven escuchó atentamente el manifiesto de su camarada. A despecho de sus ventitantos, tenía en su hoja de vida una cadena de amores sin amor, que le otorgaban, al menos, algo de voz y voto en los avatares que su ocasional compañero comentaba. Terminando el último Premier que habitaban los viejos bolsillos de su traje gris, le dijo, quizá recordando con cierto sinsabor:

El oficio de musa está en crisis, amigo… en estos días, ya no se estila

– Lo sé, pero solo me bastara con que ella estuviera aquí, con sus ojos claros-

El joven sonrió, sabía muy bien las desventuras amorosas de su camarada; simplemente le respondió, con dura franqueza:

– Las musas no acuden dos veces al llamado, nó en el mismo cuerpo de mujer-

Tania Libertad – Razón de vivir