>No debe andar el mundo con el amor descalzo

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No debe andar el mundo con el amor descalzo
Enarbolando un diario como un ala en la mano
Trepándose a los trenes, canjeándonos la risa,
Golpeándonos el pecho con un ala cansada.

No debe andar la vida, recién nacida, a precio,
La niñez arriesgada a una estrecha ganancia
Porque entonces las manos son inútiles fardos
Y el corazón, apenas, una mala palabra.
Canción para un niño en la calle – Tejada & Ritro

A la muchacha de las estrellas y al niño de las piruetas

Nueve de la noche en cualquier esquina de la ciudad gris: un niño de cinco años hace piruetas durante los 30 segundos que dura el semáforo en rojo, para luego pasar por los autos y pedir unas monedas.

En primera fila, una pareja a bordo de un Hummer discute a donde ir; si el pub de moda o el concierto del grupo favorito, mientras cierran las lunas a una realidad que se aproxima y no quieren mirar.

Es que en esa pujante ciudad de ocho millones de cabezas, radiante de centros comerciales y fast food, no es necesario taparse los ojos para evadir la verdad incómoda: basta con apretar un botón para activar la burbuja de plástico.

Mas atrás, en un taxi conversan el chofer y un recien llegado a la urbe:

– No tiene ni cinco años, ¿cómo demonios puede estar a estas horas con la policía mirándolo?- preguntó el forastero.

– La policía solo actuará si atropellan al niño, que esté aquí es normal acá- contestó el chofer.

– Eso es anormal, ¿y sus padres, dónde están?- replicó.

– Si no son huérfanos, o son explotados por sus mismos padres o simplemente ellos no tienen otra salida para sobrevivir.

– ¿Y el gobierno, la sociedad?-

– Al gobierno le importa una mierda: los niños no votan; para la sociedad ellos son invisibles, amigo.

El forastero no preguntó más, cuando se acercó el niño le dejó un dinero, sintiéndose miserable e impotente.

Una joven muchacha se acerca al niño con un beso en la boca y un cuaderno en la mano. Ella se daba un tiempo antes de regresar a casa para enseñarle al niño de las piruetas a escribir:

-Mi letra O no me sale bien- le dijo el niño.

– No te preocupes, yo te ayudaré a que salga redondita- le contestó la muchacha.

El niño sonrió por primera vez ese día, mientras se preguntaba porqué esa señorita se le acercaba cada noche a enseñarle a leer y escribir, llevarle víveres y vestido mientras aconsejaba a su madre con suma comprensión. Entonces, a ese niño le dolió un poco menos la madre abandonada, el padre alcohólico, las monedas al viento, las lunas cerradas en sus narices, su amor descalzo.

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