>Como tengo la tierra, tengo el mar

>

No country,
no jailáif,
no tenis y no yatch,
Sino de playa en playa y de ola en ola, gigante azul
abierto democrático:
en fin, el mar.
Tengo – Nicolás Guillén

Cuando miró a sus nietos sentir por vez primera la húmeda arena en sus dedos, y el sabor a sal de las aguas del oceáno, vedado antes en tiempos remotos, supo que había valido la pena haber nadado a contracorriente, jugándose la vida.

Sonrió al imaginar el destino de aquellos infantes: irán a colegios públicos, donde sabrán del alfabeto con niños de todos los colores, cultos y lenguas, para aprender junto a ellos la palabra libertad, sin mirarse como extraños, con recelo, ya que todo les pertenece, incluído el futuro.

Y de jóvenes, ellos podrán cantar, luchar y soñar, con la certeza que no existe yá el cártel que rezaba reserva en el derecho de admisión: caminarán todas las calles de Rinconada, sin tranqueras, bailarán en todos los salones sin temor a que los expulsen por su piel de ébano, y andarán el mar, en horario corrido, nó de cuatro a seis, ni de seis a nueve.

Ahora, él podía respirar esa brisa, quizá descansar o morir en paz.

Tengo – Pablo Milanés

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>Te propongo un hermoso plan …

>

Silvio en concierto u otro que se parezca
está bien para comenzar
sus canciones me hacen pensar
y si alguna le pido y ella canta conmigo
qué amor nos envolverá.

Pablo Milanés – Sábado Corto

Llegaron los gentiles, desde los cuatro puntos cardinales de aquella ciudad gris; sea de uno en uno, de dos en dos, o en caravanas paganas, con la guitarra y la voz, como únicas arma de destrucciòn masiva contra la indiferencia, la indecisión y la media voz, moneda corriente en esos días, en especial en aquella parte del globo terráqueo, entre Pucusana y Ancón, cercados por el mar, la sal de los cerros y el tráfico infernal.

En una casa de la extinta clase media, entre bebidas espirituosas y ambiente festivo, los gentiles se entregaban al canto que tiene sentido y razón, aquél de poesía inspirada en las estrellas, los planetas, la tierra y en los avatares de sus anónimos habitantes.

Así, las horas pasaron con los gentiles en comunión, algunas parejas se juntaban codo a codo, siendo mucho màs que dos. Otros reían de alguna anécdota en común, y los demás seguían recorriendo la historia musical del trovador errante, desde los días de la canción como una guerrilla, hasta llegar al reino del todavía.

Llegado el alba, solo unos pocos quedaban, cantando a la nostalgia y al arroz; hablando en voz alta y firme, sobre los derechos estudiantiles y de aquella alma mater, nido de inquietudes, plaza de victorias, asì sean de pequeñas victorias, en retirada estratégica.

Silvio Rodriguez & Pablo Milanés – Sabado Corto


>Yo me quedo …

>


¿Qué mares han de bañarte
y qué sol te abrazará,
qué clase de libertad
van a darte?

Pablo Milanés – Yo me quedo


Se despertó a las 5:00 am, se duchó con agua caliente (no tibia, ni media tibia), paseó al perro por el parque, desayuno frugal, marchóse a las 6:00 am, esperó a la lata coreana de sardinas rodante hasta encontrarla a las 6:20, se topó con el tráfico incipiente e inició un periplo de casi 2 horas hasta su destino final.

Al llegar, para su sorpresa ya había un centenar de jóvenes como él, la mayoría con traje de sastre, quizá del padre o pagadas en cómodas cuotas mensuales; y suspiró, revisó sus documentos, todos estaban en regla: su pasaporte, cédula de identidad, certificados de buena in-conducta, mejor pagador y niño casi bien, con antecedentes penales inexistentes, tercio superior desde el jardín (ahora kindergarten) hasta la maestría. Algunas cartas de recomendación y otros formularios completaban su expediente.

Miró a su alrededor, todos se le parecián, en cada cabeza caliente por el sol de verano podía distinguir a sus amigos de juventud, que ahora envían remesas desde todo el orbe; recordó a Pachón, ahora en busca del sueño americano de 12 horas diarias de trabajo en una fábrica; a Lalo, que guardó sus diplomas para amasar pan de madrugada en Canadá; en Erick, ahora en la Madre Patria despues de probar suerte en las Rusias; en Juanito, bodyguard de alguien importante en la Gran Manzana … en fin, no en vano en cada reencuentro en la kermesse del colegio los suyos eran cada vez menos.

La fila avanzaba a paso de tortuga ecuestre, y en cada paso veía su vida pasar. Había jurado quedarse para siempre en su patria, sin importarle la tentación al fracaso, ni la eterna crisis que habían hecho perpetuos los comedores populares de épocas de guerra, ni la falta de oportunidades para ser creativos en vez de recibir órdenes o hacer del oficio de usar la franela un arte. Siempre se resistía a las tentaciones de emigrar, pensando tozudamente que su patria nunca se jodió.

Pero ya estaba cansado, harto; harto de escuchar hablar de repúblicas unitarias, de políticos impresentables, de chorreo -huachafísimo argot- económico, de empresarios tábanos, de trámites burocráticos, de corrupción hereditaria, de becas exiguas, de premios consuelo, de domingos sin sol, de la prensa vendehumo, del racismo asolapado, de Eishia, de pisar después de tres años la ensenada y nunca ver agua potable, de repartos de víveres a las tres de la madrugada, de colectores de ignonimia, de desnutrición crónica en Huancavelica, de ser socialista y que le vean como un aliénigena (terruco), de escuchar la palabra terrorista como quien dice fulano y mengano, de cuidarse de las pandillas (lunpem-proletariado, para ser exactos), del aburguesamiento de los sindicatos, de la música sin sentido, disfrazada de autóctona y salvaje, ¡ah! y de su propia mediocridad.

Se preguntaba en la fila, que pasaría si le negaran la visa, quizá le pidan una opinion sobre Bush y el diría con franqueza que le parecía un son of the chingada, o que observen que su cumpleaños coincide con una fecha aciaga y termine con sus huesos en Guantánamo. Para esa posibilidad le quedaba una opción que consistía en viajar por tierra medio continente hasta llegar a Tijuana, y fungir de mojado, ilegal, clandestino en medio de tiburones tejanos armados con escopetas, al acecho, en busca de alcanzar la otra orilla del río Grande, convertido en un balsero en tierra, un exiliado, como esos miles que cruzan a diario una frontera, huyendo de la dictadura en democracia, de censuras que ostenta la libertad de prensa, del fraude en elecciones libres y del mercantilismo en tratados de libre comercio.

♫ ¿Qué clase de libertad van a darte?♫

De pronto, esa melodía salió de su vetusto walkman, y despertó del letargo, apartándose de la fila, en busca del sueño trunco llamado patria.


Pablo Milanés – Yo me quedo

09 Yo me quedo

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>Y me alegro del mañana

>

Creo en ti,
y me alegro que el mañana
a través de mi ventana
nunca sea igual que hoy.

Pablo MilanésActo de fé

Hombre al fin, terrible, contradictorio, se aferraba al pasado superviviente, rindiendo culto al amor precario, rozando bizarro los límites del juicio desde que en el inicio de los tiempos se le ordenó vivir, con el corazón partido en dos mitades inexactas, desiguales, imperfectas.

Así, Zigzagueante de por vida, marcha errante, auscultando debajo de las piedras, reptando cálidos desiertos del alma, respondiendo inquietudes dispersas, oyendo la sola mitad de tu corazón latir, acariciando la felicidad con las yemas de sus dedos, a sabiendas que quizá no le será permitido tomarla jamás, pero no le importaba, en el fondo, seguía creyendo, confiando, quizá ciega e irracionalmente , que de tanto andar entre cumbres y quebradas, al atardecer de un día cualquiera, encuentre al fin la mitad esquiva de su corazón menguante.

Pablo MilanésActo de fé

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>Todavía quedan restos de humedad …

>


En la cama su silueta

se dibuja cual promesa
de llenar el breve espacio
en que no está.



Ella terminó de cantar, y una lágrima se mezcló con la cerveza que aún quedaba en su vaso.

El muchacho que la acompañaba la miró sorprendido.

– ¿Estás bien? –
– sí, descuida … es la letra de la canción, me trae recuerdos, es muy especial para mí.

La muchacha tenía unos 20 años, su joven amigo frizaba los 17.

Al mirar la incredulidad en sus ojos, ella solo atinó a sonreir y decirle:

– Eres muy joven aún, pero ya llegará el día en que sientas esa canción aquí – mientras posaba su mano en el pecho del muchacho.

Pasaron los años, cinco, diez; y los amigos se volvieron a encontrar. Después de un abrazo infinito, el otrora adolescente le sopló en el oído:

– Tenías razón, amiga, había que sentir esa canción para comprenderte ese día.

Ahora era ella quien miraba sorprendida.

Silvio Rodríguez & Pablo Milanés – El breve espacio en que no estás

EL BREVE ESPACIO EN QUE NO ESTAS (EN VIVO CON PABLO MILANES)

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