>Los poemas suelen ser papel mojado

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Con ríos
con sangre
con lluvia o rocío
con semen con vino
con nieve con llanto
los poemas suelen
ser papel mojado.

Papel Mojado – Mario Benedetti

Éramos una fratia refugiada en las alturas del Perú cuando Aníbal, el mas sabio de todos, nos enseñó uno de sus tesoros sonoros mejor guardados: fue entonces que el ambiente se llenó de la voz más hermosa con las palabras mas prístinas.

– ¿Quién canta?- preguntó con desdén uno de nosotros.

– Es Tania Libertad cantando poemas de Benedetti.

– ¿quiénes son esos? ¡qué profundo! – replicó con falsa ironía.

Fue entonces que Aníbal, rojo de ira respondió:

– ¿ No sabes quiénes son, ignorante de mierda?

Tuvimos que calmar al buen Ánibal, comprendiendo su indignación, mientras explicábamos al desubicado amigo la tontería que había espetado. Después continuamos en ese placer para los sentidos que fue escuchar a La Libertad cantando los versos del hoy inmortal Mario.

Tania Libertad ha regresado al Perú, para dar recitales en Lima y en las Tumbas reales del Señor de Sipán, en su Lambayeque natal. El recital en Lima fue de un lleno total, con ovación de pie, como una forma de bienvenida a una hija pródiga que hace treinta años marchó a México para ser la maravillosa artista que es, a despecho de sus críticos, que como el irónico amigo de la anécdota, no le perdonan ni el éxito obtenido ni su constante compromiso por la justicia social y el canto con sentido.

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>No debe andar el mundo con el amor descalzo

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No debe andar el mundo con el amor descalzo
Enarbolando un diario como un ala en la mano
Trepándose a los trenes, canjeándonos la risa,
Golpeándonos el pecho con un ala cansada.

No debe andar la vida, recién nacida, a precio,
La niñez arriesgada a una estrecha ganancia
Porque entonces las manos son inútiles fardos
Y el corazón, apenas, una mala palabra.
Canción para un niño en la calle – Tejada & Ritro

A la muchacha de las estrellas y al niño de las piruetas

Nueve de la noche en cualquier esquina de la ciudad gris: un niño de cinco años hace piruetas durante los 30 segundos que dura el semáforo en rojo, para luego pasar por los autos y pedir unas monedas.

En primera fila, una pareja a bordo de un Hummer discute a donde ir; si el pub de moda o el concierto del grupo favorito, mientras cierran las lunas a una realidad que se aproxima y no quieren mirar.

Es que en esa pujante ciudad de ocho millones de cabezas, radiante de centros comerciales y fast food, no es necesario taparse los ojos para evadir la verdad incómoda: basta con apretar un botón para activar la burbuja de plástico.

Mas atrás, en un taxi conversan el chofer y un recien llegado a la urbe:

– No tiene ni cinco años, ¿cómo demonios puede estar a estas horas con la policía mirándolo?- preguntó el forastero.

– La policía solo actuará si atropellan al niño, que esté aquí es normal acá- contestó el chofer.

– Eso es anormal, ¿y sus padres, dónde están?- replicó.

– Si no son huérfanos, o son explotados por sus mismos padres o simplemente ellos no tienen otra salida para sobrevivir.

– ¿Y el gobierno, la sociedad?-

– Al gobierno le importa una mierda: los niños no votan; para la sociedad ellos son invisibles, amigo.

El forastero no preguntó más, cuando se acercó el niño le dejó un dinero, sintiéndose miserable e impotente.

Una joven muchacha se acerca al niño con un beso en la boca y un cuaderno en la mano. Ella se daba un tiempo antes de regresar a casa para enseñarle al niño de las piruetas a escribir:

-Mi letra O no me sale bien- le dijo el niño.

– No te preocupes, yo te ayudaré a que salga redondita- le contestó la muchacha.

El niño sonrió por primera vez ese día, mientras se preguntaba porqué esa señorita se le acercaba cada noche a enseñarle a leer y escribir, llevarle víveres y vestido mientras aconsejaba a su madre con suma comprensión. Entonces, a ese niño le dolió un poco menos la madre abandonada, el padre alcohólico, las monedas al viento, las lunas cerradas en sus narices, su amor descalzo.

>Me place porque son espuelas para la razón.

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Y en nombre de mayor pureza
salen las ratas disfrazadas
que con paciencia y con destreza
quieren trocar el agua en baba.

¿Quién no conoce un buen ejemplo,
quién no ha pasado por sus dientes,
quién no ha soñado echar del templo
a la codicia sonriente?


Las Ratas – Silvio Rodríguez
Las ratas humanas -no las de campo o desagüe- están siempre al acecho, puñal en mano, impunes y sibilinas, tramando siempre una nueva traición.
Los hay presidentes y congresistas, empresarios y periodistas, ratas, ratones y rateros: siempre a la vanguardia de toda represión hasta que la situación los lleve a subirse al estrado de la revolución, en aras de una democracia que despreciaron cuando vivían del régimen de turno.
Son expertos en difamar a diestra y siniestra para después fingir ser los agredidos y pontificar, en medio del beneplácito y la adulación de otras ratitas mononeuronales en búsqueda del lugar más cálido de la cloaca.
Rojo, terrorista, resentido social, son las epítetos favoritos con los que las ratas de salón creen insultar, ahogados en su muladar de mediocridad.
Por unas migajas del pan acimo de la celebridad, estas ratas son capaces de traicionar al amigo, justificar matanzas, derramar vanalidad, mientras el país mas allá de los centros comerciales se cae a pedazos, amenazando con convertirse en una bomba de tiempo que algún día les explotará en la cara.
Contra estas ratas no hay veneno que las pueda exterminar, salvo la razón nacida de la libertad y la necesidad imperiosa de vivir en paz: es hora de hundir el barco vetusto, para que estas se lancen a la mar por siempre jamás.

>Unámonos como hermanos que nadie nos vencerá

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Quizás mañana o pasado
o bien, en un tiempo más,
la historia que han escuchado
de nuevo sucederá.
Es Chile un país tan largo,
mil cosas pueden pasar
si es que no nos preparamos
resueltos para luchar.
Tenemos razones puras,
tenemos por qué pelear.
Tenemos las manos duras,
tenemos con qué ganar.
Canción Final – Quilapayún

Hace un siglo una tragedia golpeó a la clase obrera boliviana, chilena y peruana: la masacre de Santa María de Iquique, donde murieron entre 2 y 5 mil personas: hombres, mujeres y niños.

A pesar que los obreros chilenos y bolivianos podían abandonar el sitiado Iquique, y así salvarse de una muerte segura a manos de Ejército Chileno, prefirieron correr la misma infausta suerte de sus hermanos sureños, a pesar de las frescas cicatrices de una fraticida guerra ocurrida 3 décadas atrás entre esos tres países.

Ellos comprendieron que esas guerras del pasado no fueron ocasionadas por el pueblo chileno, sino por los mismos verdugos que días después aplastaron su huelga a sangre y fuego, sin miramientos ni distinciones de nacionalidad.

Un siglo después, otra tragedia enluta al hermano chileno, junto al migrante peruano y boliviano en este terrible terremoto que ya lleva algunos centenares de víctimas. ¿Cuántos de ellos son migrantes ilegales, que pasarán como NN? Difícil saberlo.

Desde aquí un abrazo fraterno y solidario al Chile de Violeta Parra, Quilapayún, Inti Illimani, Jaivas, Víctor Jara, Violeta Parra, Neruda, Bolaño, Mistral, Enríquez, Allende, Recabarren, Teitelboim, etc. Además de tantos amigos a la distancia que me enseñaron a estimar a un país que ya no miro con odio, quizá aprendiendo de los bravos obreros de Santa María de Iquique, a distinguir quién es mi hermano y quién mi enemigo.