>¿Qué hago tan lejos?

>

Hoy mi deber era cantarle a la patria,

Alzar la bandera, sumarme a la plaza.

Y creo que, acaso al fin lo he logrado

Soñando tu abrazo, volando a tu lado

Silvio Rodríguez – Hoy mi deber

En fila de uno, hombres de bronce miran la bicolor flamear por aires helados en esa puna de nieves aún perpetuas, rodeados por lagos azul metal. Hombres vestidos de negro dan la orden de entonar ese rancio himno aprendido malamente en la infancia, entre pólvora y ceniza.

Pero, para aquél que lejano está de su amada y odiada ciudad gris, solamente le sale un nombre de muchacha extrañada, con el recuerdo de su boca pequeña, entre luna y estrellas.

Y de nuevo vuelve a sonreír, se sorprende al ver la vida florecer a 5 mil metros por encima del mar: vizcachas curiosas se pasean por cerros menguantes que nombran princesas quechuas, aves que cruzan libres los bofedales, sin importarles cercanas explosiones, ni seres extraños en trajes de colores chillones.

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>The army is calling you, Asia

>

Pensó que allí Superman y Batman
por él habrían de sacar la cara:
todo sería como un día de playa.
Noel Nicola – Johnny no sabe porqué
Ayer llenaron de napalm la indomable Indochina; hoy torturan el milenario Iraq.
Para mantener intacta su ganada fama de imperio asesino de niños, al Tío Sam no le importa que sus hijos regresen en bolsas de plástico o con el alma y las piernas mutiladas.
Al fin y al cabo, son sus entenados: negros sin la suerte de Obama, latinos en busca de la residencia, white trash convalecientes de una lobotomía; todos perfectamente desechables para esa inmensa moledora de carne que es el sistema norteamericano.

Mientras tanto, Dick Cheney cuenta sus millones sonriendo torvamente, y Jorge Doble vé enjabona a Condoloeezza Rice con Dove, en el jacuzzi de su apacible rancho tejano.

Y Johnny sigue, como hace 4 décadas, sin saber por qué.

>No es un bello producto, no es un fruto perfecto.

>

Porque vivimos a golpes,
porque apenas si nos dejan

decir que somos quienes somos,

nuestros cantares no pueden ser

sin pecado un adorno.

Estamos tocando el fondo.

Poesía para el pobre, poesía necesaria
como el pan de cada día,
como el aire que exigimos trece veces por minuto,
para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica
.

Maldigo la poesía concebida
como un lujo cultural por los neutrales
que, lavándose las manos,
se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien
no toma partido hasta mancharse.

Letras no recomendables para neutrales, ni imparciales: esa casta de asalariados que dominan el arte de alquilar la verdad desde la comodidad de su escritorio, en cómodas cuotas mensuales, a pagar en Centro Comercial.
Y se hacen llamar periodistas, activistas, políticos con credibilidad. Credibilidad para atacar toda expresión de libertad y dignidad; credibilidad para callar cuando los pobres exigen justicia; credibilidad para desviar la atención en nimiedades, con maestría fenicia.
Estas son letras necesarias, como el amor de cada día, mirar las galaxias, amarse de madrugada a la luz de la luna, la capacidad para darse cuenta de las cosas, indignarse y actuar.
Letras urgentes, pero son más el pan en el estómago de los niños que venden caramelos, el techo de los danmificados por terremotos y abandonados a su suerte, hasta las próximas elecciones.
Letras imperfectas, sin recurrir al diccionario rococó, inservibles para alimentar el ego: son palabras escritas con el corazón, a mano alzada, en una servilleta y en una chalina de besos; mientras la muchacha de las estrellas se posa en las pupilas.

>Tu hijo creció

>


Guillermo Tell no comprendió el empeño
pues quien se iba a arriesgar al tiro de esa flecha
y se asustó cuando dijo el pequeño
ahora le toca al padre la manzana en la cabeza.
Carlos Varela – Guillermo Tell
A Fidel, el primer héroe que tuve, a los cinco.

Érase una vez cuando el Padre Tiempo, el implacable, llegó a la morada del viejo barbudo, para pasarle la factura de tantos años vividos, como corresponde a los simples mortales, sin distinción, indefectiblemente.
En cada arruga del anciano estaban guardadas cinco décadas de historia: prisiones, exilios, Sierra maestra, revolución, utopía, bloqueo, balseros, dignidad, amor, odio, libertad, censura, socialismo, zafra, rebeldía, guerra fría, crisis, alfabetismo, Angola, jineteras, trovadores, hombre nuevo, hombre viejo. Todas esas palabras se podían descifrar en el rostro de aquél viejo de traje verde olivo y verbo amado y odiado, algunas veces a la vez.
– Hoy cumples ochenta y dos – le dijo el Padre Tiempo.
– Ochenta y tres, caballero – corrigío el anciano.
– Tienes razón, pero sabes que el tiempo apremia.
– Lo sé, Mas quiero saber qué será de mis hijos- respondió el anciano.
Los hijos del anciano habían crecido, con distinta suerte: los hay obedientes burócratas, censores de partido único; otros defienden la esencia del socialismo sin venderse al dogma, pese al riesgo de ser acusados de blasfemia; unos predican libertad a cambio de dólares para alimentar su ego, otros prefirieron marcharse a la otra orilla, con un nudo en la garganta: sea para vivir, sea para odiar. Pero a todos ellos les toca decidir su futuro, su historia imperfecta, sin fin.
– Dicen que el tiempo lo dirá, eso es mentira- replicó el visitante.
El anciano ocultó su tristeza y su enfermedad, invitó al Padre Tiempo un fino habano prohibido por sus médicos, y le enseñó una vieja carta, escrita cuatro décadas atrás, por un hombre llamado Ernesto.

>Construyamos un nido.

>


-¿Dónde, dónde están?
-¿Quiénes?

-¿Dónde, dónde están?
-¿Quiénes? ¿Quiénes?
-¿Dónde están?
-¿Quiénes? ¿Quiénes?
-Los hombres…

Imagen original : Fernando Barragán Muñoz

-No sé.

Mira, copos de ceniza… ¡Copos de ceniza… ceniza… ceniza…!

-Han volado todos…
-¿A dónde, a dónde?
-No sé.

Construyamos un nido.
Sí, un nido, un nido.

-Pero… ¿Dónde?

¿Dónde, dónde, dónde, dónde, dónde…?

Eugen Jebeleanu/ Guaraní – Serrano

A Yuji Seki, Sensei

Era un Día de sol serrano en aquél pueblito de casas de barro y ruinas de piedra: Pacopampa aún conservaba ese fresco aire campestre, de pan tibio y agua cristalina, lejos de cielos grises y relaves mineros.

A treinta minutos de buen andar, llegaban cada mañana a una imponente ruina, resto de un centro ceremonial de milenios idos, que dormitaba como pétreo vigilante de aquella idílica aldea de cuatro calles.

Allí, jóvenes arqueólogos – al frente del viejo sensei con estricta disciplina, espíritu incansable y franca carcajada – rescataban del olvido tanto conocimiento de antaño, tanta identidad extraviada en los senderos de la historia.

Pero ese día todo era distinto. El viejo sensei no preparaba el desayuno como gustaba, menos bromeaba, las órdenes las impartía con honda melancolía.

Al término de la jornada, el sensei se retiró a sus aposentos, ante la sorpresa de sus alumnos.

– ¿Le pasa algo al Doctor, está enfermo, acaso? – preguntó uno de ellos.

– Es por Hiroshima y Nagasaki- contestó un discípulo, lacónicamente.

Entonces, al mirar el calendario, recordaron aquél nefasto seis de agosto de 1945, cuando un asesino llamado Harry S. Truman, entonces presidente de los EEUU, convirtió la vida de 70 mil personas en solo copos de ceniza, el día en que los pájaros cambiaron sus trinos por gritos de espanto.

Ver También:


>La guerra es muy mala escuela

>

Yo soy un moro judío
que vive con los cristianos,
no sé que Dios es el mío
ni cuales son mis hermanos,
No sé que Dios es el mío
Ni cuales son mis hermanos.
Drexler / Sánchez Ferlosio- Milonga del moro judío

Si sólo escucharan atentamente, al estimado Jorge,
algunos poderosos y señores del miedo de este mundo,
nos hubiéramos evitado tantas lágrimas y luto en Gaza,
tantas venganzas suicidas, tanto rechiñar de dientes.
Si se detuvieran en su egoísmo a oírlo en esa copla inspirada
de aquél entrañable trovador que fue Sánchez-Ferlosio,
el mundo no sabría de onces de septiembres y marzos.

Si cada vida perdida por la neblina de la guerra nos doliera,

como exige en su cantar el querido Jorge Drexler, siglas como CIA, MI6, DGSE,Mossad, KKK no existirían jamás en la tierra, se perderían en el olvido.
Mas, para que los halcones de la guerra entiendan,
que igual se condena toda sangre derramada:
en Perú y Honduras,
por el último coche-bomba etarra
o los torturados en mazmorras vascas,
los secuestrados por las FARC
y los falsos positivos muertos por el Ejército Colombiano;
nuestra respuesta tiene que ser la defensa de la vida,
hasta que nuestras gargantas duelan,
luchar hasta que nuestros tendones se resientan.

Solamente la justicia y la unidad pueden vencer al terror, venga de donde venga.

Así nunca los asesinos de toda especie escuchen a Jorge Drexler y su milonga de moro judío,
ese que vive con los cristianos y, no sabe, felizmente, quién es su Dios ni cuáles son sus hermanos.