>No me importa lo que digan los traidores

>

Porque mi patria es hermosa

corno una espada en el aire,
y más grande ahora

y aun más hermosa todavía,
yo hablo y la defiendo con mi vida.


No me importa lo que digan
los traidores,
hemos cerrado el pasado
con gruesas lágrimas de acero.

El cielo es nuestro,
nuestro el pan de cada día,
hemos sembrado y cosechado
el trigo y la tierra,
y el trigo y la tierra
son nuestros,
y para siempre nos pertenecen
el mar
las montañas y los pájaros.

Javier Heraud – Palabra de Guerrillero


Resaca de fiestas patrias, que en verdad son fiestas parias.

Mi bonita bandera, otrora defendida con honor, ahora flamea, a media asta, en mi gris azotea.

Y el himno nacional, aquél de la estrofa apócrifa, se me resiste en la garganta.

¿Somos libres, seámoslo siempre, mientras acribillan desarmados en la selva, o mueren dos por día de neumonía, allá en la puna?.

¿Y antes niegue sus luces el sol? si siempre nos niegan la justicia, somos desaparecidos ante ella. Pero los corruptos pasean sus huesos por las calles de barrio alto.

Largo tiempo el peruano oprimido, si un asesino nos gobierna, ante la indolencia de los que continúan celebrando el paraíso de hoy, de cielos contaminados.

No me importa lo que digan los traidores, aquellos que privatizan árboles, pájaros y libertad a cambio de migas de pan acimo repartida por cardenal fascista.

Mi patria no son los grupos de poder, expertos en firmar capitulaciones en forma de tratados de libre comercio; mucho menos los partidos políticos, felones y rapaces.

Mi patria es poema de un joven acribillado a los 21, en un río de la madre selva.
Mi patria es voz telúrica de viejo poeta, muerto en el olvido, a los ochenta y pico.
Mi patria es guerra silenciosa, ruinas de piedra, luchas perpetuas, orgullo milenario.
Mi patria es Pacopampa, Huarautambo, Bagua, Putis.
Mi patria es rojo, negro, amarillo, blanco, cobrizo.
Mi patria es Héctor Chacón, Santiago Manuín, Miguel Grau.
Mi patria es Parque Central, madrugada, versos en servilletas, muchacha de las estrellas.

Mi patria, a pesar de los pesares, será esperanza, siempre que se recuerde este poema.



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>Yo seguiré luchando con mi suerte

>

Aunque mi vida está de sombras llena
no necesito amar, no necesito
yo comprendo que amar es una pena
una pena de amor y de infinito.

No necesito amar tengo vergüenza
de volver a querer como he querido
toda repetición es una ofensa
y toda supresión es un olvido.

Desdeñoso semejante a los dioses
yo seguiré luchando por mi suerte
sin escuchar las espantadas voces
de los envenenados por la muerte

No necesito amar, absurdo fuera,
repetir el sermón de la montaña
por eso he de llevar hasta que muera
todo el odio mordaz que me acompaña.
Miguel Paz – Desdén

A Aníbal, hermano de Coqui.

Era un valsesito limeño, con una letra tan cautivante que dos novelistas y un poeta de estas tierras no tuvieron otra salida que retratarlas en sus obras.

De tal virtud se dieron cuenta en una madrugada de bohemia, en tierras chalacas, tres amigos que dedicaban su vida a rescatar el pasado del polvo del olvido, la memoria de las piedras, el alma de los muertos.

Aníbal citó el pasaje de Los cuadernos de Don Rigoberto, de Vargas Llosa, donde hacía referencia al añejo vals (1), llegando a comparar al casí anónimo autor con Vallejo y Neruda.

– Desdeñoso, semejante a los dioses… tenemos que conseguir ese vals! – dijo él, ante la venia de los presentes.

Unos meses después, a dos de ellos el destino los llevaría hasta las alturas de Huarautambo, en el centro de aquél país de desconcertadas gentes, testigo de campesinos mártires, caídos en defensa de sus tierras, sea contra el señor feudal, sea contra la Cerro de Pasco Co.

Fué allí donde los siguió, caprichoso azar, ese extraviado vals, escondido en las letras de las novelas de Scorza (2): esos épicos cantares en cinco baladas que relataban, entre lo real y lo maravilloso, los tiempos míticos de la guerra silenciosa, anónima en la historia oficial de aquella republiqueta criolla llamada Perú.

Fué allí donde llegó la noticia que se unía el más joven de esa fratia de prolongadores del pasado, famoso por su esquiva fortuna.

– Viene Hache! – exclamó Aníbal.

– Yo seguiré luchando con mi suerte – replicó Chemo.

Aunque en términos monetarios la suerte les fue esquiva, regresaron de Lima con las alforjas llenas de vida, de esperanzas y experiencias, prometiéndose un día llegar hasta el último refugio del Nictálope, y dejar un ramo de geranios sobre la fosa común del niño Remigio.

Hernán, cultor de los valsecitos de otrora, con sapiencia académica logró conseguir múltiples versiones del citado vals, en estilos que iban del tango al pasillo, de la copla al vals en sí (3).

Así, los presentó ante sus amigos, maravillados, en un día de reencuentros, bajo el cielo de esa ciudad gris. Tiempo después, Hache comentaría su último hallazgo:

– Washington Delgado también cita Desdén, cuando Artidoro contempla el rostro de la muerte (4).

El círculo se había cerrado, el vals había estrechado esa amistad nacida entre montes y serranías, y de cierta forma, se quedó para siempre en sus vidas, sus causas y sus azares:

Chemo adoptó exitosamente las fallidas tácticas de guerrilla del niño Remigio para conquistar a Conchito, y desposó a Emily, poco despúes. Si necesito amar, si necesito

Hache creó un breve espacio para grabar las historias que le contaron sus amigos, y se vieran reflejados en ellas, mientras seguía luchando con su suerte.
Hernán se tatuó la palabra desdén en el antebrazo, y en el otro un lusitano saudade, que ha de llevar hasta que muera.

Aníbal, el mayor de todos ellos, comenzó a llenar de letras las páginas calladas tanto tiempo del nuevo libro de su vida, para felicidad de los suyos, porque absurdo fuera, repetir el sermón de la montaña.

Y así, desdeñosos semejantes a los dioses, esos cuatro se reunirán, en comunión de pisco y valses, tan felices como cuando abren una trinchera, para celebrar el natalicio del último de los nombrados, sin escuchar las espantadas voces de los envenedados por la muerte.

Notas:

1. Sin la guitarra, el cajón y la sincopada voz del cantante, algo de la audacia lúgubre y narcisista del bardo compositor se perdía. Pero, aun sin la música, se preservaban la genial vulgaridad y la misteriosa filosofía. ¿Quién había compuesto este vals criollo «clásico», como lo había calificado Lucrecia cuando quiso averiguarlo? Lo averiguó: era chiclayano y se llamaba Miguel Paz.

En todo caso, bravo. Ni Vallejo y Neruda combinados habían producido nada comparable a estos versos, que, además, se bailaban.

Mario Vargas Llosa – Los Cuadernos de Don Rigoberto.


2. Hojita de té:

Otro día más de helarme junto a este sauce de mierda. No pudiendo abandonar por más tiempo mis negocios, me voy. Lo espero donde sea y como sea. Desdeñoso, semejante a los dioses, sin escuchar las espantandas voces de los envenenados por la muerte. No necesito amar, no necesito.

Luis Remigio, el plebeyo.

Manuel Scorza, Garabombo el invisible.


3. Entre las versiones de este vals destacan leyendas tales como Los trovadores del Perú, Los Dávalos, La limeñita y el Ascoy, El dúo de oro, Julio Jaramillo, Mercedes Simone y Libertad Lamarque.

4. ¿Por qué morir?
Desdeñoso, semejante a los dioses,
yo seguiré luchando con mi suerte.
Artidoro engrameó la testa
y por las calles enmarañadas
de la ciudad de los Precios
caminó como los viejos caballeros
sin escuchar las espantadas voces
de los envenenados por la muerte

Washington Delgado – De Artidoro y otras gentes

Ver también:

Los Trovadores del Perú & Los Dávalos – Desdén

>Que siempre hay algo más

>

Murió un amor
y aunque pronto la vida traerá
otro amor ¿qué me puede importar?
la misma vida lo llevará.


Ya no te veo más
y así conozco al fin que vivir no es amar,
al menos no este amor,que siempre hay algo más
y que puede vivirse.

Murió un amor,
pero veo a unos niños jugar,
pero siento la brisa del mar,
de cierto modo eso es amar.


Noel Nicola – De cierto modo

Trescientos sesenta y cinco días después,
frente al mismo malecón y la misma banca del parque,
lanzó las cenizas de un amor caduco, al mar del sur.
Respiró profundamente esa brisa cargada de humedad,
tomó fotos a gatos nocturnos que se ocultaban en las sombras,
como espíritus guardianes de madrugadas.

Y en la mirada de esos ojos de su más hermoso hallazgo,
encontró la luz necesaria para confiar,
una vez mas, que siempre hay algo más:
de cierto modo, eso es amar.
(Si lo dicen las estrellas y la luna asiente).

>Quién dijo que todo está perdido

>


Quién dijo que todo está perdido
Yo vengo a ofrecer mi corazón
Tanta sangre que se llevo el río

Yo vengo a ofrecer mi corazón.

Luna de los pobres siempre abierta
Yo vengo a ofrecer mi corazón

Como un documento inalterable

Yo vengo a ofrecer mi corazón

Y hablo de países y de esperanzas
Y hablo por la vida, hablo por la nada
Y hablo de cambiar esta nuestra casa

De cambiarla por cambiar nomás

Fito Paéz – Yo vengo a ofrecer mi corazón

Para que el mal recule, basta que hombres de buen corazón se unan.
Para que el egoísmo se marche, basta la comunión de unos cuantos llenos de conciencia.

Para que la indiferencia se agote, es suficiente una historia sacada de las entrañas de la tierra, una melodía imitada del trinar de los pájaros.

Frases que pueden graficar lo sucedido el domingo pasado, de 5 a 10, en un breve pero cálido espacio de la ciudad gris, lleno de gente con una voluntad enorme, convocada por tres seres entrañables, casi de boca en boca, para simplemente entregar el corazón, en la mano.

Fué una velada en solidaridad con los niños de las alturas de la sierra de este Perú ajeno y propio, que mueren ante la desidia de los que subastan nuestras riquezas. La recaudación ha sido alentadora, las donaciones colmaron espectativas.

Pero lo más importante no fue el dinero, ni las ropas abrigadoras que llegarán, raudas y urgentes, gracias a la Cruz Roja, allá donde las heladas son implacables, como la pobreza. Se sabe que las causas que originan tanta muerte descansan sobre un sistema inhumano, donde la ética es un arcaismo y los derechos humanos son simples saludos a la bandera, en desfile militar.

Lo más importante de aquella velada fué la certeza que la palabra unidos hecha acción, puede hacer muchas cosas, teniendo una absoluta comprensión de la realidad: cada letra, cada historia, cada música, cada voz, fué un alimento en el alma, un despertar de emociones, un combustible para el espíritu: lejos, muy lejos de música ligera y trivialidad, de banquetes con aroma a whisky.

Como narraba el cuento de una mujer llena de energía, basta con la insular gota de una nube solitaria, y el desierto se vestirá de verdesperanza: ante ese llamado de la tierra, densos nubarrones dejarán su pesimismo, se unirán para hacerse llover y germinar lo que antes fue árida indolencia.

Toca llovernos, formar tempestades hasta ser rios que terminen con el oprobio: no queda otra cosa que ofrecer el corazón.


Más Información:

Cuentos y cantos para abrigar

Mercedes Sosa, Víctor Heredia & Fito Paez – Yo vengo a ofrecer mi corazón

>Reivindico el espejismo

>


Míralos, como reptiles,
al acecho de la presa,
negociando en cada mesa

maquillajes de ocasión;
siguen todos los raíles
que conduzcan a la cumbre,
locos por que nos deslumbre
su parásita ambición.

Reivindico el espejismo
de intentar ser uno mismo,
ese viaje hacia la nada
que consiste en la certeza

de encontrar en tu mirada
la belleza


Luis Eduardo Aute – La Belleza


Tienes una estrellita del sur en la mirada, escribes libertad y gritas rebeldía.

Haces tuya las preguntas de los que no tienen como hacerse sentir ni escuchar. Se las formulas a los poderosos de todo color: los incomodas, los enfrentas a sus propias mentiras travestidas de verdades, sin importar que sean insignes políticos o privatizadores del aire que respiramos.

Rompes los esquemas, desconciertas a los prejuiciosos, aquellos seres acartonados que usufructan la verdad y la cuadriculan en parcelas.

Hoy un ser insulso te quiere poner el camino cuesta arriba, pero no desmayes. Cada boicot contra tu voz debe ser una medalla que lucir con orgullo.

Mantente lejos, estrellita del sur, muy lejos de los poderosos que olvidan que otrora cantaban al sol, allende los mares, y hoy solo son pálidos reflejos de aquellos idealistas que un día fueron.

Mas información : Aquí

Luis Eduardo Aute – La Belleza

>Que acabe la caridad y que empieze la justicia

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Que vengan o que no vengan
al pueblo nadie lo asfixia

que acabe la caridad
y que empieze la justicia.


Cuando hacen fuego me dicen
que están contra la violencia
me dicen cuando dan muerte

que sientan jurisprudencia.

mejor se ponen sombrero
que el aire viene de gloria
si no los despeina el viento
los va a despeinar la historia.


Cielito cielo que sí
cielo del sesenta y nueve
con el arriba nervioso
y el abajo que se mueve.


Mario Benedetti – Cielo del 69

Siguen muriendo niños de frío, por decenas, en las heladas tierras del sur andino. La mayoría de víctimas tienen al quechua como lengua materna, y la pobreza extrema como código genético.

Mientras el virus AH1N1 se acerca a las zonas marginales de la ciudad gris, y cobra sus primeras víctimas, terriblemente lejos de los felices privilegios de casitas de barrio alto.

Como decía Vallejo, jamás fue la salud más mortal, señor Ministro de salud. Así el Presidente siga coleccionando discursos tan optimistas como falaces, la realidad lo contradice con el estruendo de un rayo.

En Lima y otras urbes peruanas, juntan frazadas, organizan colectas y celebran fiestas en nombre de una solidaridad bien intencionada. Pero con caridad no se logra justicia, solo es un bálsamo que alivia la conciencia de los que ayudan y las madrugadas de niños con desnutrición crónica.

Cada cierto tiempo, los que viven en la espalda del mundo, invisibles ante la historia oficial de prensa amarilla, cansados de tanto cajón, tanta sed de sed, tanta expropiación, tanto tajo minero, tanto río contaminado, hacen escuchar su voz con violencia contenida. Y el estado los reprimirá a sangre y fuego, llamándolos invasores, abigeos, asesinos, salvajes, utópicos arcaicos.

Juan G. Rose, en un sentido verso simple y exacto, escribía que es mejor dar ideas que un beso, hablar de justicia en vez de caridad, así nos castigue el Dios de los poderosos, el que todo lo compra, todo lo vende.

Ojalá que el viento de la historia no los soprenda bailando.


Los Olimareños – Cielo del 69

>Si tuviera una canción

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Ahora tengo un martillo
y tengo una campana
y tengo una canción que cantar
por todo el país.
Martillo de justicia
campana de libertad
y una canción de paz.
El martillo – Hays/Seeger/Jara)

La democracia ha caído en Honduras.

Los prolongadores del pasado se confabularon para deponer, capturar y deportar a un presidente elegido democráticamente, como en los tiempos en que la bota y el oprobio imponían su ley en la América toda.
En Perú siguen matando campesinos, el congreso se viste de verguenza y perdona a los ministros culpables de tanta muerte en Bagua.

Y se licitan, para explotación de hidrocarburos, nuevas y grandes extensiones de selva amazónica, mientras Alan García hace vedadas amenazas a los que nos oponemos a tanta cleptocracia, jugando en pared con el otrora respetado Mario Vargas Llosa.
Pero el mundo no es el mismo que toleraba etnocidios un siglo atrás, ni golpes de estado con tácticas aprendidas en la Escuela de las Américas.
Los prolongadores de tanta injusticia acumulada en Honduras recularán, mas temprano que tarde, y Alan García no seguirá rematando el futuro con un disparo en la sien.
Para esos asesinos de la ilusión, siempre renacerá de sus cenizas una canción de paz, que les dolerá en lo mas profundo de sus miserias, en el centro de sus egoísmos.
El Martillo – Víctor Jara & Quilapayún