>Zure begiek

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Mikel Markez – Zure begiek


Zure begiek mintzen naute
zure ahoak beldurtzen nau
niretzako nahi zinduket
sentimendu mugaezina.

Mikel Markez – Zure begiek

– No puedo pronunciar bien tu nombre; ¿significa algo en especial?- preguntó él.

– Nó, sólo es un nombre más, está en mi legua natal… no soy nada especial- contestó ella.

– Sí lo eres-

– Nó lo soy-

– Mentirosilla…

– Mujeriego…

-!!??…

En verdad, aquella muchacha era una chica común y silvestre: de rostro pálido, ojos redondos y cabello castaño, que vivía entre montañas, en los antiguos dominos del reino de Navarra. Le gustaba pasear por los bosques que rodeaban su morada, recolectar madera para el invierno, jugar con su fiel perro lanudo, y respirar aire limpio de smog, bien preciado en eras post-industriales, tanto como su sarcástico sentido del humor.

– ¿Me ayudarás a entender tu idioma?- preguntó él.

– Qué recibiré a cambio?- contestó ella.

– Algunos de mis canarios, si quieres.

– No me gustan… es decir, no me gusta verlos enjaulados, sin libertad.

Aunque al inicio le desconcertó esa respuesta, él comprendió: ella pertenecía a un pueblo que luchó décadas por conservar su lengua y costumbres, en tiempos del dictador con bigotito chaplinesco.

– ¿Sabes?, hoy me llamó Cristal- dijo él.

– ¿Sí, qué te cuenta?- preguntó ella, sorprendida.

– Está mejor, ya no tiene vidrio en las venas, siente su corazón latir y le gruñe el estómago… me dijo que te dijera eso; y que viene antes de fiestas.

– Que bueno!

– La has ayudado mucho-

– Para nada… ella se ha salvado sola. Solamente la molesté un poquito – contestó, sonriendo.

Ella suspiró, recordando a aquella amiga suya -la de los cristales de mar- que quería como a la hermana que nunca tuvo, por las madrugadas enteras que pasaron en penas y alegrías, por los secretos mejor guardados, por los tiempos mejores que se demoraban en aparecer.

Ahora, esas buenas nuevas le alegraban el corazón, en silencio. Aunque no pudo evitar que se le escape una canción triste:

– Urontzi bat naiz, noraezean dabilen urontzia

– ¿Qué dijiste?-

– Es una canción en Euskera…

– ¿Me la enseñarás?

– Algún día.

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>"Libertad" era tan sólo una palabra aguda…

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Pero también es bueno que conozcas
que tu viejo calló
o puteó como un loco
que es una linda forma de callar

Mario Benedetti – Hombre preso que mira a su hijo

– Sólo recibía órdenes- argumentó el oficial.

– ¿Cúales fueron esas órdenes y quién se las dío?- preguntó el fiscal.

– El capitán Santiago Martín me ordenó sacar al detenido de la camioneta.

– ¿Se refiere al periodista?

– Sí

– ¿En qué condiciones estaba él?

– No lo recuerdo.

En verdad, recordaba ese día como el cercano ayer, cuando descendió del automóvil a aquél desdichado, convertido – después de dos días con sus noches colgado de sus pulgares, recibiendo tortura made in Escuela de las Américas – en un manojo de tendones cubiertos por trapos albos , teñidos de tinto seco, maldiciendo aún con sus dientes pulverizados, acallando sus propios gritos.

– ¿Qué hicieron con él?

– El capitán Santiago Martín continuó el interrogatorio al detenido.

– ¿En que consistió?

– Le preguntó nombres, que diga quienes eran sus cómplices, que era su última chance antes de proceder a…

– ¿Lo torturaron?

– No recuerdo, fue hace mucho…

De pronto, palideció al sentir como ese aroma a brisa marina invadía la sala del Juzgado. Era la misma brisa de cinco de la mañana, quince años atrás; cuando él y sus secuaces quebraban a patadas las costillas de Juan o José, Pedro o María, impotentes ante la negativa de aquél infortunado de delatar inocentes, logrando solamente que su sangre se mezclara con las espumas de aquella playa virgen.

– ¿Qué pasó, luego que el secuestrado se negara a hablar?

– El capitán Santiago Martín me dijo que era hora de mi “bautizo”.

– ¿En qué consistía ese “bautizo”?

– Eliminar al detenido, matarlo… pegarle un balazo.

– ¿Ejecutó esa orden?

No era la primera vez que mataba a un hombre, pero nunca antes le había tocado dar el tiro de gracia, directo a la nuca, a un ser humano inerme, vencido, mancillado. – “dispara cuando quieras, viviré en mis hijos” – le alcanzó a decir el desdichado antes que un trozo de plomo le llegara de lleno, trocando su rostro en solo huesos y sesos.

– Repito. ¿ejecutó esa orden?

– No recuerdo.

Hombre preso que mira a su hijo – Pablo Milanés

>Solidão é lava …

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Apesar de tudo existe

Uma fonte de água pura
Quem beber daquela água
Não terá mais amargura
Dança da Solidão – Paulinho da Viola

Después de un largo y confuso andar, sus pasos la llevaron hacía un parque sin banquetas, donde podía observar un paisaje pintado en tono pastel, y así descansar su vista de tanto mirar a diario edificios que contienen sueños convertidos al automatismo, religión imperante en sus tiempos y espacios.

Era un día de año bisiesto, quizá antes de la última crisis energética. Ella había agotado sus lágrimas, producto de relaciones fallida de lustro y medio que sólo le habían dejado tatuada la palabra desilución en sus entrañas.

Estaba allí, disfrazada de viajante, con un maletín lleno de carpetas, folios e incomprensión. A lo lejos, divisó una calle con casas tranquilas en tardes de verano y recordó, luego de mirar la guía de calles de ese laberinto llamado ciudad gris, que esas aceras le eran familiares.

Puedes venir cuando quieras, quiero que mi casa sea tu refugio – le había dicho él en una tarde de aquellas.

Recordó aquella promesa añeja, mientras caminaba por aquella calle: hace algún tiempo que no pasaba por allí, desde ese breve hiato que comprendió aquel verano austral de inicios de siglo, de diciembre a marzo, donde había disfrutado con un extraño sujeto interminables tardes de tertulia, entre tintos y retintos, figuras de yeso, bossa nova y escritos a ciegas.

Durante un breve reinado que duras penas duró cien días, lo visitaba religiosamente, de seis a diez, logrando una mixtura de sentidos que rozaría lo que algunos entendidos definierían como una relación pornográfica. Fué un breve reinado que terminó, luego de un despertar seco, rotundo, violento, en un día que ella no quiere recordar yá.

Seguía andando la calle, buscando una casa pintada de verde, mientras recordaba un día especial, en que ambos, en un improbable dueto, habían dejando grabada su voz en una vieja cinta magnetofónica. Cosa curiosa, siempre había tenido una fijación con la soledad, hasta bromeaba diciéndole que se quedaría a vivir en un pueblito llamado así.

Ese pueblo no existe, loquita – le dijo él, aquella tarde lejana.

Ella al recordar esa frase, volvió a sonreir, después de tiempo, por aquellos momentos ucrónicos, de nuncajamás; hasta que un viejo ficus le recordó que en esa esquina se encontraba la casa donde habitaban sus sueños que tampoco eran sueños.

Al llegar, sólo encontró un edificio de cinco pisos que encerraban pequeñas latas de sardinas:

“Últimos departamentos. Razón aquí” – alcanzó a leer en un cártel que colgaba de una de las ventanas.

Ella ensayó su última sonrisa y un putamadre, para luego proseguir su andar, simulando danzar con su soledad.


Marisa Monte & Paulinho da Viola – Dança da solidão


>Yo soy de un pueblo que es poeta

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Para Abril, en febrero.


Yo soy de un pueblo sencillo
Como la palabra Juan
Como el amor que yo entrego
Como el amor que me dan

Carlos Mejía Godoy – Yo soy de un pueblo sencillo

Lejana está aquella noche de septiembre de 1997, cuando escuché por primera vez esta canción fundamental, que habla de la lucha de un pueblo pequeño – como un gorrión – por liberarse de las cadenas de una familia genocida, asentada en el poder por décadas, bajo el amparo del mismo imperio de hoy, asesino de niños.

Gracias a esta trova de amor verdadero, pude acercarme a la historia reciente de Nicaragua, que habla de sus mártires, sus vivos y sus muertos: muchos cayeron asesinados, de todas las razas, credos y signo político -Sandino, Fonseca, Chamorro y otras decenas de miles- hasta la victoria final en 1979, derrocando al Somosismo cruel, mas nó a sus aliados extranjeros.

Este recital data de 1983, fué llamado el Concierto por la Paz, se presentaron trovadores de latinoamérica toda, con una sola consigna: exigir la paz y el respeto a una revolución ganada por el pueblo y para el pueblo.

Pero el señor de los cañones – Mr. Reagan, en esa época – no miró, ni escuchó. Sabotéo a un gobierno salido de las armas libertarias y legitimado en las urnas, financiando con decenas de millones de dólares a mercenarios y esbirros del pasado: los contras; embargando y aislando económicamente al gobierno del FSLN, incitando una crisis que llevó a la derrota del sandinismo en las elecciones de 1989.

Hoy, pasados más de veinte años de aquellos tiempos, luego de apagarse los cantos de sirenas neoliberales que anunciaban el fin de la historia, la realidad es irónica, farsesca: el FSLN regresó al poder, y con el mismo presidente, pero ya no son los de otrora: están corrompidos hasta los huesos, aliados a sus antiguos torturadores, reprimiendo a sus propios camaradas. Ni el FSLN es más el primógenito de Sandino, ni mucho menos Daniel Ortega es aquél joven guerrillero que entró triunfante en Managua, aquél lejano 1979: es hoy el otro, el traidor, el corrupto, se ha convertido en el nefasto ser que tanto odió.

Pero el pueblo nicaraguense, ese pueblo sencillo como la palabra Juan, seguirá en pié de lucha, con sus campesinos, estudiantes, obreros; sin importarles la tortura o la prisión. Seguirán bailando melodías de libertad, reclamando una vida justa, digna, como en aquél lejano abril de 1983 en Managua.


Luis Enrique Mejía Godoy – Yo soy de un pueblo sencillo

>Yo pudiera darte un inmenso jardin

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A Susana O.

Paula, pequeña hermanita, niña sin jardín,
por no tener flores sembraste una e
n ti.

Silvio Rodríguez – Paula

– He perdido las ganas de reir.

– No te preocupes, por cada sonrisa que renacerá en tu rostro, te regalaré una canción.

– ¿Lo prometes?.

– Te doy mi palabra, tengo varias en mi zurrón, mira…

(La muchacha observa curiosa en el fondo infinito de ese bolso mágico)

– ¿Me obsequias una, ahora?, ¡por favor!.

– ¡Por supuesto!, tambien tengo un jardín de violetas, te regalo una flor.

– ¿Me la pondrás en el cabello?.

– También en tu mirada (él la observa, detenidamente, se emociona)… ¿ves?, ¡ya vuelves a sonreir!

En vano fueron la flor y la canción: poco tiempo después, aquella dulce muchacha partió, por mano propia, a donde los simples mortales se hacen eternos.

Augusto Blanca – Paula

12 Augusto Blanca - Paula

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>Te pido un beso fuerte para salir al sol

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Afuera la vida apenas comenzó,
afuera todo tiene que cambiar,
afuera los lobos son lobos aún,
afuera hay que salir armado.

Noel Nicola, Comienzo el día

Podía tocar la felicidad con la yema de sus dedos.

Podía rozar suavemente la espalda desnuda de su amado, apenas cubierto por sábanas blancas. Ella había tomado el último bus en la estación de la felicidad y había llegado hasta allí: ese pueblo de cuatro calles perdido en la clandestinidad de las montañas; dejando atrás aquella ruidosa ciudad enclavada en el malecón.

Podía contemplarlo eternamente, esperando su despertar antes de las seis de la mañana. Por fin, él abrío los ojos, la miró como si fuera la última vez que lo haría: besó su frente, sus cabellos, sus cejas, sus ojos, sus labios; mientras sonreía apenas treinta segundos antes de volverla a amar, aferrado a sus senos, fundiéndose en ella.

A duras penas, él se levantó de la cama de heno, artesanalmente armada la noche anterior, cuando recibió la misiva de la inminente aparición de aquella temeraria mujer. Se vistió con su uniforme color tierra, ante su mirada maravillada, brillante:

– Cuando todo esto acabe, ¿vendrás conmigo?- dijo ella.

Él no respondió, dejó de sonreir en ese instante, la besó una vez más, y partió a enfrentarse a los mutiladores de sueños, como le era costumbre desde el día aquél en que renunció a su nombre de ciudadano.

Noel Nicola – Comienzo el día

>Y es que jugó la guerra de los hombres…

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Ese día era el sol
mas sol al río,

más río el río
y mas la guerra era
;
y más la muerte
desde la ribera

contra el leve fúsil

que era ese día

solamente una rosa
Chabuca Granda- el fúsil del poeta era una rosa

Cada generación deja como herencia a los que vendrán, semillas sembradas bajo el inclemente sol de la historia, que al crecer dan sombra a otros sembríos mientras maduran al paso de la estación. Cuando la cosecha es buena, esta alimenta a los hijos del maíz en la forma de un país mas inclusivo, menos racista, con altos niveles de cultura y justicia a la par de eximios números en desnutrición y pobreza. Cuando no lo es, podemos contentarnos con ufanarnos de tener un PBI con trasnochado maquillaje, ser líder mundial en producir alguna materia prima, o tener el primer lugar en el índice de centros comerciales per cápita de la región.

Cada generación deja, además, su cuota de sangre, su ración de mártires – aquellos locos que van en busca de un sueño y sólo alcanzan la muerte – que nos transmiten la esperanza necesaria de poder encontrarnos algún día con esos frutos buenos, en medio de tanta malahierba.

Javier Heraud (1942-1963) fué uno de ellos. Poeta y activista político, proveniente de una familia acomodada y salido de las canteras de una universidad católica, pudo ser -sin muchos sobresaltos- un intelectual de izquierda o progre, asistir regularmente a congresos y tertulias, quizá recibir algún premio internacional literario o dictar cátedra en La Sorbona. Pero desechó ese estable y promisorio futuro: Prefirió conocer el llamado socialismo, de cerca, por eso visitó Moscú, luego La Habana, para después seguir los pasos de El Ché y encontrar temprana muerte, entre pájaros y árboles, alcanzado por la metralla, cumpliendo su palabra empeñada, de guerrillero.

Heraud fué enterrado hace más de cuatro décadas, en la enmarañada selva peruana de Madre de Dios, permaneciendo allí hasta el año pasado, en que sus húmeros fueron exhumados para reposar junto a la tumba de su padre, en un apacible camposanto limeño.

Pero su fantasma aún está en el Amaru-mayu, en esos bosques y en cada uno de sus versos que son inspiración pura para los poetas, que no sólo gustan cantar las gracias de muchachas que derraman lisuras y el andar de caballeros de fina estampa.

Chabuca Granda – El fúsil del poeta era una rosa