>Óyela de noche, a oscuras.

>

– ¿Quién eres tú?- preguntaba él, en silencio, apenas despertado de fuertes fiebres tropicales.

Luego de un largo rato de pausa, ella dijo:

Es dificil de entender, pero esta melodía habla de micortando con su voz la brisa de la noche, cómplice de los prófugos del destino.

Déjame escucharla, entonces

Él era un marinero, que por causas y azares había perdido su batiscafo en el fondo del abismo, llegando a duras penas hasta las orillas de esa isla negra, para desmayarse, exhausto.

Fué entonces que esa mujer, envuelta en peplos de gasa oscura, lo recogió de la playa y cuidó de él: durante tres días con sus noches, esa misteriosa dama había curado sus fiebres y heridas con hierbas arómaticas y pócimas de algas marinas.

Hasta que al fin, él había despertado de sus delirios, escuchando por vez primera aquella tonada barroca.

¿Que te parece?– preguntó ella.

Muy hermoso… ¿Que tipo de melodía es?- preguntó él.

No podía dejar de observar la clara belleza de aquella mujer, de cuerpo bronceado y armonioso, facciones delicadas y cabello castaño, con un tatuje de delfines en el hombro desnudo, que no tenía mas armas ni artilugios que su sonrisa. Le intrigaba saber quién era ella, la única habitante en aquella isla negra, de mares calmos y tormentas perfectas.

Se le conoce como canon de Pachelbel: tiene una melodía principal, maternal, de la que nacen otras y se entrelazan entre sí… tienes que descifrar los diálogos que se van formando entre ellas

En silencio, él escuchaba como las cuerdas de tres violines mezclaban con una melodía matriz, tomando forma, con diversos colores y tonalidades, fundiéndose en el lienzo de su mente, hasta ser una sola obra de arte, en tonos pastel.
¿Y como así descubriste esta canción?-
Mi padre me enseñó – dijo ella, suspirando.
De pronto, ella se vió de niña: vestida de blanco, sentada en las piernas de su padre – un señor europeo, de barbas rubias, ojos transparentes, olor a lavanda y camisa planchada – descubriendo la lírica de Haydn, Pachelbel y Mozart, guardados en cuidados discos de vinilo, que hasta ahora conserva, esperando que su madre los llame para merendar galletas recién horneadas.
Ella no pudo disimular la melancolía en sus ojos. Él se dió cuenta y preguntó:
¿Estás bien, bella mujer?– dijo él, mientras tomaba sus manos.
No te preocupes, la tristeza es un amigo íntimo– respondió ella con premura.

Me has salvado la vida, pídeme lo que quieras– afirmó él.

Quiero que navegues mi mar y descubras la ruta que me libere de esta isla– dijo ella.

– ¿Cómo lo haré, sin fracasar?-

Ella se le acercó, juntó sus labios rosados al oído del hombre, como confesándole un secreto:
Tienes que comprender el canon. Óyela de noche, a oscuras, antes de partir a la mar. Sólo así tendrás la claridad necesaria para poder navegar mis mares, explorar mis bahías y profundidades, elaborar mi carta náutica, sin perecer… y aprenderás a descifrarme


Canon en Do mayor – Johan Pachelbel

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>How does it feel?

>

How does it feel?
How does it feel?
To be on your own
With no direction home
Like a complete unknown
Like a rolling stone?
Bob Dylan – Like a Rolling Stone

Como acróbata circense, empinada sobre un vetusto balcón de casona ruinosa, una hermosa mujer casi desnuda consumía el último pitillo de grifa que moría en sus dedos.

Haciendo caso omiso a los gritos de sus amigos, la joven bailaba, gritando el nombre del único hombre que le besó las cicatrices ocultas en sus muñecas.

Siempre le sucedía lo mismo: en medio de un bacanal, recordaba al ausente, el mismo que años atrás le servía vodka con naranja, mientras interpretaba algunas tonadas del viejo Bob; en especial una, que hablaba de una niña nacida bajo mantas de armiño, tan tierna como tóxica:

Like a Rollin… me recuerda a tí – le dijo él, en medio de caminos de alcohol.

– Entonces cántala siempre, Darling – replicó ella.

Recordaba perfectamente el día en que él se marchó, aduciendo problemas de salud y una excelente oportunidad laboral. Ella, despúes de mandarlo a la mierda, lo entendió: sabía perfectamente que seguir su ritmo de vida, en orgía perpetua, era extremadamente perjudicial para la integridad de simples mortales.

– Vete, tienes derecho a venderte- le dijo ella.

– No lo haré, solo me arrendaré por temporadas… llámame – contestó él.

Ella recordó esa última frase y a despecho de las tres de la madrugada, tomó su celular y llamó, sin saber en que parte de aquel ancho país se encontrara él:

Wish You Were Here

Mas nadie contestó la llamada urgente. Ella dejó un mensaje balbuceante, antes de trastabillar y caer desde el segundo piso, en cámara lenta, como dejándose llevar.

Esa vez tuvo suerte, sólo se frácturó ambas piernas.

Él escuchó el mensaje a la mañana siguiente, perdido entre dunas de sal. De inmediato regresó a la ciudad gris y no paró hasta dar con ella, en un hospital público. Apenas pudo reconocer, entre férulas de yeso y vendas, a aquella muchacha completamente desquiciada que otrora llenó su vida de adictiva savia elaborada:

– Mi insana favorita… How does it feel?- le preguntó, después de besarle la frente.

Bob Dylan – Like a Rolling Stone

>En un rincón, en un papel …

>

Son aquellas pequeñas cosas,
que nos dejó un tiempo de rosas
en un rincón,
en un papel
o en un cajón.

Joan Manuel Serrat – Aquellas Pequeñas cosas



Era un día en que el destino lo colocó, frente a frente, con El callejón de los milagros, dejándose atrapar por la cadencia de Midaq, ubicada en el corazón de El Cairo, hechura de espectros fatimíes y mamelucos Otomanos que aún transitan sus caminos empedrados, aunque tan sólo Dios y los arqueólogos – aquellos seres prolongadores del pasado – saben a ciencia incierta en qué momento fué colocado el primer adobe de tal patrimonio de la humanidad.

Era el mismo día en que sus ojos desempolvaron un libro añoso –La naúsea del cual guardaba especial afecto, más allá de las cavilaciones del buen Rotenquin. Las causas eran estrictamente personales: aquellas páginas fueron avidamente devoradas tiempo atrás, en medio de amplias tertulias, donde se mezclaban emociones y pensamientos de dudosos ribetes filosóficos con contemplaciones y recuerdos que hoy se vestían de ténue gris.

Cogío el libro, lo tomó con cariño, posó la rugosa palma de su mano en las hojas, envidiando en secreto a ese ejemplar, privilegiado sobre otros seres, animados e inertes. En medio de esas hojas se encontró con papelitos arrancados de cualquier libreta de campo, escritos a mano alzada, con logradas traducciones de un portugués masticado; cerró los ojos para tratar de recordar cuándo demonios olvidó aquella lengua extranjera, mas sonrió al recordar que nunca lo había aprendido, que no era su caligrafía y que de esos tiempos, no quedaban bucles, retratos ni pañuelos, sólo fallidas cartas de lo que alguna vez, en tiempos inmemoriables, llamó amor.

Serrat – Aquellas Pequeñas cosas

>Quiero una canción para que la cantes siempre

>


Quiero una canción que me sustituya,

que respire de tu aliento cuando tú la cantes.
Augusto Blanca – Regalo n°1

Había despertado muy temprano y de buen humor, lo cual era doblemente extraño. Se sentía tan estúpidamente feliz que entonó una vieja canción de trova y se internó en la ducha, mientras pensaba que hoy la verá, justo hoy: un día antes había recibido la noticia del exilio obligado hacía las montañas, preso de su entera pasión de soñador despierto.

Se sentó junto a su vieja guitarra, ensayando aquella melodía culpable de sus desvelos, tratando de recuperar la cordura para volver a tomar el mando de su mente y después marcharse. Al partir cortó, de un tajo certero, una rosa del jardín vecino.

Luego de recorrer la ciudad de la neblina eterna, hasta llegar a ese viejo portón de casona frente al mar, se preguntó si en verdad tendría el valor de decirle que la amaba y que no volvería a disfrutar de su entrañable compañía que le había ayudado a salir de un estado comatoso que le parecía eterno.

Recordó adioses lejanos, pero ninguna explicación. Sabía que su vida estaba sujeta a vivir a salto de mata, con la ilegalidad latente, el sello de clandestino a perpetuidad en su pasaporte, el nombre ficticio, incinerar la basura para no ser rastreado, no comprometerse con nadie.
Tocó el portón con dos golpes secos, escuchó una voz trémula y dulce preguntar por el visitante que llamaba: él no pudo resistir, con un nudo en la garganta, cerró los puños, dejando caer el papel que contenía una canción dedicada a ella.

Cuando la mujer abrió la puerta, no encontró a nadie: solamente yacían en la vereda una hoja, con letras y bemoles, grabadas en carboncillo, junto a una rosa carmesí, con las espinas cortadas intencionalmente, para que ella no se pinchase ni la yema de sus dedos al tomarla.

Augusto Blanca & Miriam Ramos – Regalo n°1

05 - Regalo No. 1 (Con Míriam Ramos)

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>Hágase por fin tu voluntad

>

Levántate y mírate las manos
para crecer estréchala a tu hermano.
Juntos iremos unidos en la sangre
ahora y en la hora de nuestra muerte.
Amén.
Víctor Jara & Patricio Castillo – Plegaria a un labrador

Corrían los últimos días de excavación en aquel templo de piedra tallada situado en lo alto de la colina que domina un imponente valle en las entrañas de un remoto país. Ante la atenta mirada de los arqueólogos venidos del sol naciente y la ciudad gris, los comuneros enterraban una pétrea escalera de tres milenios atrás: unos recogían la tierra de pequeños montículos, otros la transportaban en carretillas, los últimos la esparcían dentro de esas trincheras abiertas meses antes para poder descifrar un poco de esa historia perdida de pueblos inmemoriables.

Los hombres de bronce continuaban el laborioso circuito con perfecta coreografía, sonriendo pese al esfuerzo físico desplegado, quizá porque para ellos, acostumbrados en arar la tierra, cambiar el curso de las aguas y desafiar las tormentas más duras, eso les parecía juego de niños.

Sabían que era el punto final de una labor que les cambiaba el estilo de vida cada año, por tres meses; luego volverían a sus zurcos, para sostener sus viviendas de barro con madera, su pueblo de cuatro calles, su digna humildad: todo le pertenecía a la comunidad a 10 leguas a la redonda, cerros, prados, ríos, bosques, penas y alegrías. Siempre con melodías de ritmos indescriptibles, a medio andar entre la marinera y el huayno: canciones híbridas que eran el fondo musical que venían de aquella vieja radio a transistores del guardían de las ruinas.

De pronto, un comunicado oficial interrumpío sin modales una canción sempiterna:

– “Minera Río Tinto, una empresa que cuida el medio ambiente y siempre al servicio de la comunidad, cita a los comuneros de San Pedro a una reunión de conciliación, para definir…”

Como alcanzados por un rayo, los comuneros se detuvieron al unísono, con el semblante adusto: aquellos hombres armados de machete, que jamás mostraron la palabra miedo en sus rostros, esta vez palidecieron ante el escueto mensaje de la minera.

Ellos sabían, gracias a la radio, que la mina solo dejaba a su paso relaves, ríos contaminados, suelos estériles, agua con plomo, prostitutas, delincuentes y alcohólicos.

Se iniciaba una larga lucha, donde las deserciones en nombre del progreso iban a ser pan de cada día: la mina buscará engullir todo a su paso y su estilo de vida, sus tierras, su forma de ver el mundo, cambiarían por completo.

– ¡Viene la mina, se llevarán todo! – dijo Justo a Pedro, un rondero antiguo, terror de abigeos y demás alimañas, además de ser presidente vitalicio de la comunidad.

– No los dejaremos – fué la lacónica respuesta del viejo rondero.

Víctor Jara & Quilapayún – Plegaria a un labrador

>Para descubrir y considerar…

>

Para decidir
Para continuar
Para recalcar y considerar
Sólo me hace falta que estés aquí
Con tus ojos claros.
Víctor Heredia, Razón de vivir

Compartiendo un café, entre libros apilados de poetas vivos y poetas muertos, se encontraban dos aspirantes a literatos, refugiados en un bar del centro de esa ciudad gris, lugar que por generaciones había ofrecido asilo a aquellas almas atormentadas por el fantasma de la inspiración: aquella dama que viene y vá, sin avisar, como si el día tuviera treinta horas por decreto supremo de algún autócrata latinoamericano.

El más viejo de los dos apuró un sorbo de café, mezclado con clandestino ron; mientras le confesaba a su interlocutor la crisis creativa que estaba sufriendo, causada por un tráfico digno de Calcuta, ocho horas sentado en un cúbiculo, el horizonte sin sol ni estrellas, la crisis de los treinta y la sensación de estancamiento en la que se encontraba, como un río con el cause detenido por mano de hombre.

Tenia la certeza, necesidad (o necedad) que sólo una musa podría ayudarle a recobrar la inspiración perdida. Pero tenía que ser una musa con todas las de la ley: compañera, en la que él pueda encontrarse en su mirada cada vez que se extravíe y no recuerde ni su nombre de tanto andar por los caminos de la cotidianidad.

En su extenso monólogo, mencionaba cada uno de los requisitos que la musa en cuestión debería tener: cultivada en las artes del buen amor y del buen humor, confesa melómana y amante del film noir, cultivadora de rosas y de la buena costumbre de leer una novela a medio andar, defensora del uso de la palabra en eras posmodernas, amante de atardeceres frente al mar y principalmente: que no permita que los que no sueñan corten sus alas alegando locura temporal , que simplemente viva e invite a vivir, andando el ancho camino, llenando hojas de hierba, escribiendo una historia en común donde él y ella sean los personajes principales, por igual, democráticos.

El más joven escuchó atentamente el manifiesto de su camarada. A despecho de sus ventitantos, tenía en su hoja de vida una cadena de amores sin amor, que le otorgaban, al menos, algo de voz y voto en los avatares que su ocasional compañero comentaba. Terminando el último Premier que habitaban los viejos bolsillos de su traje gris, le dijo, quizá recordando con cierto sinsabor:

El oficio de musa está en crisis, amigo… en estos días, ya no se estila

– Lo sé, pero solo me bastara con que ella estuviera aquí, con sus ojos claros-

El joven sonrió, sabía muy bien las desventuras amorosas de su camarada; simplemente le respondió, con dura franqueza:

– Las musas no acuden dos veces al llamado, nó en el mismo cuerpo de mujer-

Tania Libertad – Razón de vivir

>Que bajo mi rama tendrás abrigo …

>

Contamíname,
pero no con el humo
que asfixia el aire
ven, pero sí con tus ojos
y con tus bailes
ven, pero no con la rabia
en los malos sueños
ven, pero sí con los labios
que anuncian besos.
Pedro Guerra, Contamíname

Era un exiliado de la vida, un ermitaño a cuenta y riesgo, un aristócrata en decadencia, una multitud de cabellos canos, un resumen de arrugas en la frente, una especie en extinción reacia a seguir la teoría de la evolución y dejar en el olvido su Remington de mil batallas.

Un día, mientras malescribía para un diario, sobre el calentamiento global o algo parecido, un extraño cantar, que provenía de los extramuros de su mazmorra mesocrática, le hizo levantarse de su escritorio y asomar por una ventana clausurada manu militari tiempo atrás, cuando decidió aislarse del mundo, un día inmediatamente después de agotada su fé en la humanidad.

El cantar foráneo provenía de las cuerdas vocales de una muchacha de piel canela, cabellera gris, rostro gitano, grácil figura ataviada sólo por un vestido blanco y sandalias de cestería, que apenas la separaban de las aceras tibias por los rayos del sol.

El viejo salío de su ermita, bajó las escaleras apolilladas, abrió el portón de la casona barranquina y se acercó a la bella morisca, en un inicio con la firme convicción de recriminarle la invasión – sonora, mundana – a su intimidad, con esos cánticos de allende los mares que contaban historias de amantes, fertilidad y utopías. Mas, cuando la tuvo en frente, ella lo tomó de las manos, le sonrío al verle tatuado el signo de Caín en la frente, le miró a los ojos, se paro en puntas de pié, acercóse a sus labios y le exhaló con su aliento un soplo de vida, renovando en el anciano su corazón y sus mieses.

Pedro Guerra- Contamíname