>Los días volaron raudamente

>

Una vez terminado
el año,
procedo a recoger
mis cosas nuevas,
procedo a reclamar
papeles viejos,
hago al compás
de charlas amistosas
el recuento del año,
el recuento de mis
365 días pasados:
todo se fue
rápidamente,
no hubo tiempo
para la cosecha,
ni para
sembrar el trigo
en los maizales.
Los días volaron
raudamente,
estuve sentado,
leyendo,
o alguna vez
escribiendo
hasta la noche.
No tuve miedo
de la muerte,
no pude sembrar
el amor como
quería,
recogí algunas
frutas caídas
y supuse que
al final moriría
alguna tarde
entre pájaros
y árboles.
No estoy muerto.

sin embargo,
entre tarde y tarde
cuando vibran
los soplos
del silencio,
abro mi corazón
al conjuro
del viento
y la palabra,
y construyo
casas,
tierras,
mares,
nuevos albores,
nuevas tristezas,
y callo al final

(como siempre
recordando y
recordando).

Javier Heraud – Recuento del año

Había transcurrido un año desde que aquella madrugada le sorprendiera, varado en una plaza de la ciudad gris, junto a un camarada en igual desventura.
(Ahora él recordaba que ambos tenían el corazón lejos, a miles de millas de distancia, en puntos cardinales opuestos: el de su camarada regresó, el suyo se perdió en alguna carretera).

El año le había dejado, como saldo negativo, tres partidas irreparables: un amor que no se quiso salvar, una amiga que renunció a vivir y un perro fiel, víctima del infortunio.

(Sabía en lo profundo de su ser, que pudo hacer más para evitar esas muertes, pero la vida tiene sus propios designios, incomprensibles para los simples mortales).

Recorrío miles de kilómetros en busca de un sueño, se refugío durante seis meses en un valle templado, pasó madrugadas en tertulias troveras, saldó viejas deudas con el pasado, leyó bastante, escribió mucho, regularmente.
(Pero le queda ese sabor agridulce, por tener intacta la facultad de dañar con la palabra, no acudir al llamado de la tierra, de ser erróneo, ser humano)

Los doce meses pasados le permitieron también descubrír gente hermosa, valiosa: un nombre de mujer repetido dos veces, unos ojos verdes llenos de pasión, una estrella fugaz, una piel canela, un viento del sur, un mar de esperanza y un poema en inglés, con voz de terciopelo, al alba.
(En cada uno de esos hallazgos, pudo restaurar al fin, su humanidad, la fé perdida, redimirse de sus pecados, querer un poco).

Ahora, ese nuevo ciclo de 365 días se aproximaba, implacable, con vida y muerte, a su encuentro.
(Felizmente lo encontraba- contra todos los pronósticos- en plenitud de facultades, refugiado en un poema, recitando con voz gris, pero amable)

Javier Heraud – Recuento del año

>Mi canción no es del cielo

>


Tener no es signo de malvado

y no tener tampoco es prueba
de que acompañe la virtud.
Pero el que nace bien parado,
en procurarse lo que anhela
no tiene que invertir salud.
Silvio Rodríguez – Canción de navidad

Navidad en El Rímac

Navidad no es endeudarse con la tarjeta de crédito, regalar sonrisas y abrazos, algunos cargados de hipocrecía. Tampoco es motivo para deprimirse, tratar mal al prójimo, odiar estas fechas, creyendo que todo gira a nuestro alrededor, encerrados en nuestra propia burbuja y en nuestros propios dolores: nadie es una isla, dijo el poeta.

Navidad no es sólo un feriado obligado; es recordar que no estamos solos, que existe un mundo que nos está llamando, para entregar lo que nos hace falta, nó lo que nos sobra: caridad no es solidaridad.

Ese mundo, que a veces no queremos ver, está reflejado en la mirada de niños que aún mantienen la inocencia pueril, a pesar de la realidad adversa, de esa pobreza endémica que devora sus sueños, generación tras generación.

Felizmente, hay personas, anónimas imprescindibles, que renuevan esos corazones infantiles, con regalos tan importantes que no se consiguen en centro comercial alguno: sonrisas, afecto, atención, fé, y esperanza en un tiempo mejor.

Hace unos días, fuí testigo de la labor incansable de una familia ejemplar y unos amigos solidarios, llegados desde los cuatro puntos cardinales de esta ciudad gris, regalando brillo en los ojos de alrededor de 250 niños, que viven bajo techos de cartón, junto al cielo.

Con ellos, cerca del barrio en que crecí y al que regresé, reandando los pasos, recordé que navidad es todo el año, que son los sueños todavía, y que efectivamente, hermanos, queda muchísimo por hacer.

Canción de Navidad – Crystina Maez

>Para escribir todas las playas del mundo …

>

Continuación de Quítate el vestido

Si me quitaran las palabras, o la lengua,

hablaría con el corazón en la mano,
o con las manos en el corazón.

Alejandro Romualdo – Si me quitaran totalmente todo



– ¿Soñaste que soñabas su rostro?- le preguntó, sorprendido e incrédulo ante las palabras de la muchacha que desde hace algunos días era su secreto deseo.

Oreana solamente sonrío, y contestó:

– Sí, fué extraño: me ví dormida sobre esas mismas arenas del sueño anterior, el mismo mar; azulado, hasta las espumas que morían en la orilla eran las mismas-.

– ¿Pero, cómo supiste lo que soñabas?- insitío él.

– Por la sonrisa en mis labios, por el rubor en mis mejillas, por el calor de mi cuerpo. Quise despertarla, preguntarle como era áquel hombre que en cada sueño me espera en la orilla. Pero carecía de materia, era una simple espectadora, un espectro apenas.

– ¿ Despertó ella, despertaste tú?- preguntó él, pasmado.

– Sí, luego ella despertó, suspirando profundamente, y en el mismo lugar donde había reposado, se inclinó para dibujar un corazón en la arena con la yema de sus dedos: luego marchóse lentamente, a encontrarse con el mar hasta que las espumas marinas la cubrieron por completo.

– ¿Ella murió, contemplaste tu propia muerte?- dijo aterrado el muchacho.

– En ese momento desperté, pero tenía un extraño sabor a sal en la piel-

Continúa en Mi tibio rincón

Susana Baca – Si me quitaran totalmente todo

>Quítate el vestido, las flores y las trampas…

>


Anda, deja que descubra los montes de tu mapa,

la concupiscencia secreta de tu alma
y ven a mis brazos, dejemos los datos,
seamos un cuerpo enamorado.
Luis Eduardo Aute – Anda


Oreana tenía la mirada perdida en extrañas dimensiones, de manera tan notoria que su acompañante no pudo reprimirse, preguntándole el motivo de su abstracción:

-¿En que piensas?, seguramente extrañas el mar-

Ella respondió, luego de un suspirar profundo:

– Ayer me soñé, me ví caminando descalza, dejando mi huella en las arenas de una tibia playa, de mar celeste y calmo, con espumas sonoras que se confundian con el canto de las gaviotas. Tenía como vestido una túnica blanca, de seda, adornado con diseños orientales, similares a las que usan las geishas en improbable retiro espiritual, alejadas de los placeres mundanos. Me acercaba lentamente al mar, cuando percibí que una persona se acercaba detrás de mi; me detuve por instinto, y sentì que juntaba sus labios a mis oidos, y me susurraba con voz varonil una frase, pidiéndome que seamos un cuerpo enamorado –

– ¿Lo pudiste ver? – interrumpió él.

– No pude voltear, estaba paralizada. Pero a la madrugada siguiente, soñé que soñaba su rostro.

(Continúa aquí)
Luis Eduardo Aute – Anda




>Y será una enorme rosa

>


A Maru, por rescatarlo de los archivos de mi memoria.

Dale que la lucha tuya
es pura como una muchacha
cuando se entrega al amor
con el alma liberada
Alí Primera – El sombrero azul

– El canto por el amor debe ser esencialmente colectivo- dijo el juglar, hermano de la espuma.

Siempre parecerá que fué ayer, cuando en Abril y en Managua, un venezolano del mundo le cantaba al pueblo salvadoreño, a la América entera, en su lucha centenaria por alcanzar libertad y dignidad.

Esos ideales, utopías y sueños, sobrevivirán pese a todo: a pesar de las injusticias, las piedras en el camino, el egoísmo y las traiciones mutiladoras de corazones limpios.

Y siempre ese sombrero azul se reencarnará en las nuevas generaciones; junto al legado y ejemplo del inmortal Alí Primera: un Trovador de a píe, de zapatos en tierra, siempre hermanado con los intereses de la inmensa mayoría, jugándose la boca hasta sus últimos días, con verdadero compromiso, consecuente; lejos, muy lejos de los poderosos y sus grandes banquetes, con pactos infames en tardes de sol del Club Nacional.

El sombrero azul – Alí Primera

>Dicen que ahora viven en tu mirada

>

Están en algún sitio / nube o tumba
están en algún sitio / estoy seguro
(Mario Benedetti – Desaparecidos)

No son sólo memoria,
son vida abierta,
continua y ancha;
son camino que empieza.
(Maia/Viglietti – Otra voz canta)


Caminaban en silencio por el Parque de la Memoria, en el centro de la ciudad gris, entre miles de cantos rodados. Cada piedra lavada simbolizaba una vida inocente, perdida en medio de la barbarie imperante en la espalda del mundo que fué esa tierra, décadas atrás.

Llegaron hasta un monolito, que simulaba un ojo llorar, con una misión: hace unas semanas, manos movidas por el mismo odio culpable de tantos lutos, habían manchado con pintura sangre sus formas; pero no importaba: allí estaban los jóvenes de hoy, rabiosos pero serenos, con paños húmedos, para limpiar la ignominia una vez más.

El más joven de ellos se sentó en una piedra blanca sobre una piedra negra, sacó una hoja de papel japón, escribió un mensaje urgente, para los futuros visitantes, en son de paz o de guerra:

Si extrañas mi latido, su palpitar está entre ríos.

Si quieres saber qué fué del fulgor de mis ojos, indaga por Villa Grimaldi.
Si interrogas que se fizo mi voz viva; ella susurra bajito, en Garage Olimpo.
Si intentas hallar el paradero de mi alma; está llorando, posada en el muro de la memoria
Si añoras el brillo de mis uñas; están en Putis, exhumando la verdad.

Finalmente, Si preguntas por mi humanidad entera, te responderé:
Se halla en el centro de ese talado bosque clandestino de huesos humanos que es la América toda, mi patria.
Para cuando cayó la tarde, mientras ellos se marchaban en silencio a sus moradas, los nombres grabados en esas piedras se habían cincelado yá, en su memorias.

Mario Benedetti & Daniel Viglietti – Otra voz canta/Desaparecidos

>Busco en mi oscura tristeza

>


Sobre mi cuarto hay un cielo muy negro sin luz,
dentro una luz que agoniza al tratar de salir,
y un mono gris que me aúlla cuando no estas tú.
Vicente Feliú – El mono gris


El hombre no es más que un primate curioso a un pulgar pegado, que ha aprendido el aparearse lejos de su manada y de los árboles, buscando un lecho tibio donde retozar su goce. Una vez concluída la cópula y desprovisto de la hembra, se posa sobre sus espaldas para mirar la luna menguante, en soledad.

Así, el hombre se acostumbra a disfrutar del dolor solitario, mientras le acompaña en la oscuridad desnuda, el gutural aullido del mono gris que lo observa, desde el principio de los tiempos: antepasado, milenario, psicodélico, onanista, fálico.

Vicente Feliú – El mono gris