>Se sigue conversando con el mar

>

Pues,
siempre que se cante
con el corazón,

habrá un sentido atento
para la emoción de ver

que la guitarra
es la guitarra,

sin envejecer.
Silvio Rodríguez – La canción de la trova

Es el joven más viejo del mundo.

Es el hombre eternamente pegado a una guitarra, hecho de todo material, que recorre su isla, océanos, continentes, galaxias, dejando en cada rincón trozos de canciones inmortales, que llaman a tomar por asalto el cielo, en nombre del amor, con la esperanza en un tiempo nuevo, donde la inmensa mayoría esté a salvo de las bombas y el napalm.

En sus trovas, uno aprende que el amor tiene un poco de vida y también un poco de muerte. En cada una de sus centenares de canciones, sus letras y acordes se internan en nuestra mente como un torbellino en el suelo, repara sueños y coloca nuevos cristales a nuestros gastados anteojos, para poder ver a la mujer como mujer, al mundo como mundo, a la justicia como justicia, al pan como pan, con la claridad urgente en épocas oscuras como éstas, de utopías aplastadas y sueños clandestinos.

A sus 62, Silvio no tiene viejo el corazón: sigue siendo savia que nutre el alma de todos aquellos que nos resistimos, conversando con el mar, atrincherados tercamente en los linderos de una humanidad que se va perdiendo en las vitrinas de los centros comerciales, al mejor postor.

Silvio Rodríguez será por siempre la guitarra sin envejecer:
guitarra armada de sueños, guitarra limpia de egoísmos.

Silvio Rodríguez – La canción de la trova

>Como una piedra que nace polvo

>

Si un día me faltas no seré nada
y al mismo tiempo lo seré todo
porque en tus ojos están mis alas
y está la orilla donde me ahogo.


Carlos Varela – Una palabra

Era una primavera otoñal, bajo un cielo donde languidecía un pálido sol, como puesta en escena de un film noir. A los finales de noviembre, propicios para el crepúsculo del desamor, la pupila ardiente del hombre aquél se nublaba, con el recuerdo de aquella mujer tropical, que un día encarnó su exacta dimensión, y que ahora no era siquiera el ayer: apenas un mal sueño a medio despertar.

A lo lejos, una sencilla trova le recordaba que las palabras aprisionan sentimientos, pero eran necesarias, para renacer o morir, salvarse o rendirse.

Y en silencio, recordó a solas una palabra de mujer, que alguna vez llegó en el viento para que no se pueda esconder de ella, jamás.


Carlos Varela – Una palabra

>Y sé que volverán sin amnistía

>

Bailando con los Van Van,
oyendo a Silvio y Pablito,

haciendo cola pa’l pan,
o compartiendo traguito.

Frank Delgado – La otra orilla

Le duele su isla, un ideal que no dejaron florecer soberana, sea por el acoso del carapálida, sea por la bota soviética, cortinas de hierro y guerras frías. Transcurrido medio siglo de revoluciones, bloqueos y absolutismo, en aquella su Cuba, existen miles de familias -incluída la suya- separadas por noventa millas de injusticia e incomprensión.

Él es un hijo de la revolución: veterano de guerra en terras pretas, trovador por convicción, ateo gracias a Dios, superviviente de un periodo especial con carencias solo vistas en países sitiados por el nazismo en la Segunda Gran Guerra.

Es un contestatario: dice que Silvio y Pablito cantaron la gloria de los días de zafra y alfabetización, pero a él le toca ser crítico implacable, pero sin traicionar sus convicciones, sin sacarse la casaca, luchando a cuenta y riesgo desde su orilla por recuperar el sueño perdido: el sueño de Maceo y Martí, de Ernesto y Camilo, del hombre nuevo.

Por eso, su trovar canta sobre las batallas de ideas, remesas perdidas, embajadoras del sexo, balseritos de alta mar, balseritos de baja tierra. Pero también lleva la palabra esperanza tatuada en sus acordes, con canciones que hacen de Frank Delgado un eterno retorno a la edad de la inocencia, cuando la palabra ideal tenia rostro y sentidos.

Frank Delgado – La otra orilla

>Soñaré que sueñas un sueño indiscreto

>

Que nadie me apague la luz,
para poder ver sus ojos
,
que nadie me apague la luz,

para poder ver la luz de su luz,

y la luz de su luz de esa su luz.
Daniel F – El hombre que no podía dejar de masturbarse

Burlando el olvido, los amantes se extrañan al unísono, amparados en la oscuridad de aquellas habitaciones de hoteles separados por miles de millas, allende los mares, capturando por un segundo el recuerdo de esas madrugadas junto al mar, escribiendo con las estrellas sus nombres anónimos.

Ahora que la vida escogió un aparente final distinto al soñado, los amantes se entregan al caballo blanco, en nombre de esas miradas luminosas que nunca se dieron, de esas palabras que se perderán en el viento del sur, y de esos besos que ya no tendrán refugio en cualquier rincón de sus cuerpos enamorados.

Los amantes recrean sus goces con la secreta esperanza de volverse a encontrar en algún sueño indiscreto, antes de despertar en un lunes rutinario, muy lejos de sus ojos.

Leuzemia – El hombre que no podía dejar de masturbarse

>Siempre, llega el enanito

>

Siempre,
apartando piedras de aquí,
basura de allá -haciendo labor-
siempre va esta personita feliz
trocando lo sucio en oro
Silvio Rodríguez – El reparador de sueños


El otrora niño de la pupila ardiente era cuatro lustros más tarde un esclavo de la rutina, damificado del desamor, sobreviviente del consumo. Atrás había quedado el niño aquél que soñaba despierto con cambiar el mundo, ser astronauta y conquistar las estrellas. Ahora, había aprendido el arte de sonreir por compromiso, pensar con desidia, clausurar sus oídos y nublar su vista cuando la realidad se le ponía al frente, en la forma de un indigente vendiendo caramelos.

Una tarde recibió un mensaje de su madre: hace algún tiempo no la visitaba, solamente cumplía con pagar las cuentas de la casa que años atrás fuera su hogar.

– Es misa de tu abuelo, el siete se cumplen veinte años. Te esperamos.

Su abuelo había sido un personaje distinto, que raras veces se enojaba. Fué un padre estricto, pero siempre sonreía, jamás se quejaba de su suerte, ni siquiera cuando de pronto tuvo que cuidar los cinco hijos de su cuñada muerta, los que sumados a los suyos llegaban a once las criaturas que mantener.

Pese a que solamente había culminado la primaria, siempre andaba en la búsqueda de la verdad: en ese camino se convirtío al budismo y hasta fué mormón, ante el escándalo de su mujer, ferviente católica. Un día, el anciano regresó a la Iglesia Romana, quizá porque entre los santos se sentía en compañía.

De pronto, por solo unos minutos, en aquel recordar al abuelo ausente, ese hombre volvió a ser niño, retrocediendo hasta un tiempo en que la vida era simple, el aire sin smog y los ríos sin relaves. Eran épocas díficiles para su país, pero ante sus ojos de pantalones cortos la vida era solamente un juego en donde los buenos siempre vencían, como en esas novelas de Dumas que avidamente leía.

Sin querer, se internó en un sueño profundo, encontrando a un anciano de pequeña estatura, con un aire familiar en esos ojos claros que nunca olvidó: era su abuelo, aquél compañero de sus primeros años, cuando visitarlo en la campiña era su mejor regalo de vacaciones: fué allá donde le enseñó el amor por animales, contándole sus días de apogeo como veterinario de la vieja hacienda. También aprendió a levantarse a golpe de cinco de madrugada, para barrer con diligencia el polvo que se acumulaba en esa vieja casa de barro, ya que la limpieza de espíritu empezaba con el aseo de la morada:

La casa es como la conciencia, si no se limpia todos los días, luego será más dificil quitar las telarañas – decía el viejo, sonriendo sin malicia.

Sí, ese anciano era su abuelo. El hombre se acercó a él y lo abrazó, como en las épocas en que era apenas un niño. Contempló su rostro arrugado, su cabello con apenas canas, sus ojos claros, y su sonrisa que contagiaba. Ahora lo veía mas pequeño de lo que recordaba, seguramente por los centímetros que había crecido, aunque las orejas puntiagudas del abuelo le hacían sospechar que se había convertido en un duende en constante labor.

Te extrañé, papapapo– exclamó, emocionado.

Siempre serás mi número uno – le dijo el anciano.

Esa frase fué la misma que escuchó veinte años atrás, cuando lo visitó por última vez , en sus horas finales antes de partir donde los mortales se hacen eternos. Antes de poder responderle el anciano desapareció, al mismo tiempo que áquel hombre despertaba de su letargo, conmovido, con el alma renovada.

El recuerdo de las palabras de ese anciano se había convertido en su reparador de sueños.


Silvio Rodríguez – El reparador de sueños


>Si algún día después de amar, amé.

>


No hay nada más bello

que lo que nunca he tenido.
Nada más amado
que lo que perdí.
Lucía – Joan Manuel Serrat

Los ciudadanos grises escuchaban en abrazo fundido, bellas melodías de trovadores errantes, epístolas para los poetas que vendrán a reinventar canciones, a recrear sentimientos. En medio de esa íntima tertulia, una canción tocó las puertas del corazón de la hermosa muchacha de ojos verdes como las algas marinas.

Era una tonada teñida de melancolía, que hablaba del amor que perdura mucho tiempo, más allá del lapso en que los cuerpos que originaron ese sentimiento permanecieron juntos. Esa simple canción versaba sobre un amor que permitía mantener el fuego interno en los corazones de los amantes, para poder sobrellevar el crudo invierno del adios.

– ¿Es posible amar así, que te amen así? – preguntó ella.

El la miró a los ojos, logrando una perfecta conjunción entre sus pupilas y las de ella. Para luego sonreir y besarla, demostrándole a esa clara muchacha que el amor se disfruta más cuando viene de sorpresa, inesperado, caprichoso.

Lucía – Joan Manuel Serrat

>Puedo hablar de tí con mis amigos

>

Si estas manos entre acorde y acorde
acordándose van de tu pelo

no hace falta tanto cielo
si la luna de tu piel no está.
Alejandro Filio – Sin la luna


En un cerro azul juntito al mar, una mujer miraba el firmamento.

Le fascinaba vivir lejos de la ciudad, de los tonos grises en su cielo, para poder contemplar las estrellas en el fimamento, y recordar las noches en que un caminante le enseñó a mirar las constelaciones: reconocer la cruz del sur, compañera de los viajantes; la inmensa vía láctea, y el rostro de la luna, donde en tiempos remotos habitaban zorros míticos, quienes servían de intermediaros entre el mundo de abajo, de los mortales; y el mundo de arriba, poblado de dioses sin huesos que controlaban el curso de las aguas.

Ella volvió a mirar a la luna llena, haciendo caso omiso al llamado de sus compañeros en esa noche de Noviembre, perdida en sus pensamientos. De pronto un amigo se le acercó:

– ¿Qué es lo que miras?- preguntó él.

– Las pléyades – contestó ella, señalando el cielo.

– ¡que hermoso!, ¿cómo aprendiste a reconocerlas?-

– Me lo enseñó él-

– ¿él, donde está?- preguntó su amigo, extrañado.

Ella sonrío, y tomando del hombro a su acompañante, le señaló de nuevo el firmamento, en dirección a una estrella brillante y lejana, diciéndole:

– El está allá, desde esa galaxia me observa, pero desde aquí puedo ver su sonrisa.

Tania Libertad-Sin la luna