>Se já perdemos a noção da hora

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Se nós nas travessuras das noites eternas
Já confundimos tanto as nossas pernas
Diz com que pernas eu devo seguir
Chico Buarque & Tom jobim Eu te amo

Echados los amantes en precaria cama de heno, en ese refugio escondido de verde campiña, juntaban sus cuerpos desnudos, en vano intento por convertirse en siameses.

A lo lejos, solo el ladrido de un perro fiel rompía el silencio infinito de ese momento de dos, un tiempo que ambos, hechiceros del amor, trataban de detener, que no los alcance hasta su morada, que se pierda para siempre en el tráfico apocalíptico de aquella ciudad gris, anclada a dos horas de distancia.

Ella sabía que el momento de marchar se aproximaba, que la esperaba una ciudad de luz, muy lejos de esas tierras de esperanza y caminos a medio andar, llenas de colores y sabores. Faltaba poco tiempo para el amanecer, y ahora, ella tan solo observaba el dormir de aquel extraño que un día cualquiera llegó a su vida, sin pedir permiso, para amarla como si no existiera mañana.

De pronto, él despertó, besándola en los labios, enredando sus piernas con las de ella, mirando fijamente sus ojos claros, con un nudo en la garganta que le impedía hacer esa interrogante mortal: ella como siempre, leyó su pensamiento, y le preguntó:

– ¿Qué será de tí cuando me marche?- preguntó ella.

– Formaré un collar con todos los besos que no te podré dar. – dijo él.

El siempre tenía la habilidad de sorprenderla con palabras tan inspiradas como inesperadas, que lograban romper la coraza de su corazón, dejándola desnuda, indefensa, natural. De pronto, ella se dió cuenta que los ojos de su amante tenían ese brillo especial que antecede al llanto; conmovida lo besó una vez más y exclamó, con las ultimas fuerzas que le quedaban:

– ¡Ámame, antes que el mundo estalle!-

Y el tiempo se ahogó en el mar de sus miradas.

Chico Buarque, Tom Jobim & Telma Costa – Eu te amo

>No hasta dos o hasta diez

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Pero hagamos un trato
nada definitivo
yo quisiera contar
con usted es tan lindo
saber que usted existe
uno se siente vivo.
Mario Benedetti – Hagamos un trato



– No me gusta sentirte triste, lo sabes, ¿verdad? – dijo ella.

– Necesito tu sonrisa para sonreir – dijo el.

Ella sonrío, y su risa paso a través del auricular como una descarga eléctrica hasta aquel hombre, nutriendo sus sentidos y sus afectos como dulce savia.

– Eres el bálsamo que alivia mis penas- le susurró él.

– ¡Eres un exagerado!, como si fuera la primavera – exclamó ella, mientras se ruborizaba, dejando un discreto color carmesí en sus mejillas.


– ¿Qué pasará cuando me tengas cerca?-

– Te daré un beso en el alma-

– Y yó, abrazos sin tiempo-

Entre ambos personajes, habitantes confesos de esa ciudad gris, existía una relación sin artificios gramaticales. Simplemente las penas les parecían mínimas y sus corazones esbozaban una sonrisa, cuando sus almas se encontraban, caprichoso azar mediante.


Joan Manuel Serrat – Hagamos un trato


>Hoy, en pleno siglo …

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Y les seguimos cambiando

oro por cuentas de vidrio
y damos nuestra riqueza
por sus espejos con brillo

Gabino Palomares – La maldición de Malinche

América tenía muchos nombres en miles de lenguas, pero sigue siendo la tierra donde el pasado tampoco es pasado y la historia de sus pueblos es cíclica, sin principio ni final, grabada desde hace milenios con sangre, que han teñido para siempre los campos de maíz, en una constante lucha por alcanzar la libertad.

América tiene una historia autóctona, desde los primeros pobladores que vencieron el hielo y se hermanaron con la tierra, conociendo sus secretos hasta construir imperios, producto de decenas de generaciones donde los hombres fueron resolviendo su existencia, sus contradicciones.

El mundo se inventaba y reinventaba con el paso del tiempo, civilizaciones surgían y desaparecián ante los ojos del mundo, permaneciendo viva en la memoria de los pueblos a través de mitos que hablaban de hombres de piedra.

Hasta que un día de 1492, de allende los mares llegaron otros, con la espada y la cruz. Desde ese entonces el mundo se volteó.

Hoy, luego de cinco siglos, hemos perdido la memoria: talamos los bosques, depredamos la tierra, los ríos y los mares, extinguimos especies, construímos inmensas urbes donde no se pueden ver las galaxias que nos observan.

Tenemos una identidad castrada, a medio pelo, a medio andar entre un futuro que no construimos y un pasado que resistimos aceptar. Padecemos de una terrible mentalidad colonial, marcada por un racismo con alta dosis clasista, prolongadora de aquél colonialismo que no en vano nos han hecho cobardes, entreguistas, traidores.

Es sencillo distinguir al traidor, no es necesario que se llame Malinche o Felipillo: lo vemos vendiendo el acero y el pan, a cambio de monedas en una cuenta suiza. Siempre viste de saco y corbata, habla de derechos humanos, democracia y libre mercado, pero responde con balas y garrote cuando se trata de los derechos de campesinos, indígenas, del pueblo a píe que despierta llegado el alba, para trabajar con dignidad, a espaldas del país oficial.

Esa es nuestra maldición, entregar nuestras riquezas por el falso brillo de los espejos de un centro comercial, sin preocuparnos en el analfabetismo, desnutrición, desempleo y otras tantas malas palabras prohibidas en el noticiero de las doce.
Ahora colapsa el sistema unipolar, otrora profetizado como el fin de la historia, basado en la misma codicia de cinco siglos atrás. Solo hace falta que los antiguos dioses hablen, en la boca de aquellos pueblos que jamás renunciarán a su herencia de hijos del maíz.

Amparo Ochoa & Gabino Palomares – La maldición de Malinche

>No eres tú, mi amor …

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Es musa mal parida,
es que no sé ni qué cantar,

No eres tú, mi amor…
No eres tú …
¡Son los demás!

Santiago Feliú, Mi mujer está muy sensible

Los demonios del desamor habían convertido aquellas bocas que antes gritaban rebeldía en reproches y golpes al corazón. El dolor le paralizó la inspiración a ese amor, simplemente le desconectaron el respirador artificial que mantenía con vida algo imposible de ser.

– ¿Cúando dejé de ser el protagonista de sus cuentos? – se preguntó él.

– ¿Cúando dejé de combustionar sus sueños? – se preguntó ella.

Ambos pueden tener miles de excusas: la distancia implacable, el crack de la bolsa, el despido intempestivo, el tráfico eterno, la crisis de los treinta por llegar, esa sequedad en la garganta después de trocar el amor en sexo, luego de culpar a terceros, claro está.

Lo cierto es que en ese momento solo salían de sus bocas reproches, y el amor tan jurado durante madrugadas en cuartos de barro, imaginando el futuro juntos, se les extravió en medio de una neblina que lo cubre y enceguese todo.

Esa relación de dos no estaba en agonía, simplemente era un muerto sin partida de defunción.

Santiago Feliú, Mi mujer está muy sensible

>Pra semana, prometo, talvez

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Eu procuro você…
Vai abrir!!! Vai abrir!!!
Eu prometo, não esqueço, não esqueço
Por favor, não esqueça
Adeus… Adeus…
Paulinho da Viola – Sinal Fechado

Pasados ciento ochenta días con sus noches, los otrora amantes eran ahora dos extraños más, perdidos en esa urbe de eterna neblina, que apuran sus pasos buscando refugio de la lluvia cobarde y ácida.

Ella se había convertido en una gata que aprendió a lamerse a solas las heridas. Él era un perro que arrastraba una larga cadena de amores sin amor. Ambos desaprendían técnicas para olvidar, perdonar, o simplemente no sentir ese amargo sabor en las entrañas cuando un recuerdo fugaz, traicionero, les llegaba a la mente y se recordaban, al unísono.

Luz del semáforo en rojo, calle equivocada: para la historia oficial eran dos antiguos conocidos que al verse, quisieron por instinto cambiar de vereda, pero les fué imposible evitar ese encuentro fortuito que el implacable azar les deparó para esa tarde de octubre, el peor mes para ambos, según las frías estadísticas de sus vidas privadas y paralelas.

Lo que siguió a continuación entre aquellos dos, quedará grabado en los anales de la hipocrecía: inicial simulación de agradable sorpresa, seguido de un cómo te vá, qué dice la familia, breve etcétera, caretas de yeso con la sonrisa congelada, ojos esquivos, mirada al reloj, cambio de luces, promesas que jamás se cumplirán, besos en la mejilla, y un adios sin mirar atrás, bajo pena de convertirse en estatuas de sal.

Chico Buarque & Maria Bethania – Sinal Fechado

>Yo Sancho Panza, el Ché Quijote …

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Si el Che viviera, fuera, fuera

un ornamento sin talento,
un represor del sentimiento.
Alguna escoria que viviendo de su historia
inmoviliza las ideas, no te creas.
Fuera, fuera, y no quisiera ser como él.
Si el Che viviera.
Frank Delgado – Si el Ché viviera

¿Dónde estaría Ernesto si estuviera, en cuerpo y alma, entre nosotros?

Quizá en las calles de La Habana vieja, enfundado en verde olivo, con un asma feroz, relatando a sus nietos aquellas épocas de gloria pasada en las sierras maestras de cualquier parte del tercer mundo, lamentando estos tiempos en que los guerrilleros se mueren de viejos, en el ocaso.

No concibo a un octogenario Ernesto en el poder; ya había sido ministro de todas las carteras al inicio de la aventura, y aprendió que la burocracia no iba con él. Lo imagino carteándose con Ernesto Cardenal, otro octogenario indomable, criticando de frente las claudicaciones de aquellos traidores a la revolución, que embelezados por el poder corrupto, mancillan la memoria de miles de cachorros muertos en busca de un sueño.

Lo veo con su inconfundible acento rosarino, alzando la voz, implacable como siempre lo fué, desde sus años mozos recorriendo América en motocicleta: rebelde, incómodo, políticamente incorrecto, enemigo público número uno del imperio Yankee, mal visto por los ortodoxos soviéticos; Ernesto sería como lo fué en vida, un crítico del sistema, de todo totalitarismo, de toda mutilación de la vida, la verdad y la libertad.

También disertaría contra la globalización, la mecanización del trabajo, las repúblicas corporativas, las concesiones al imperialismo, el boicot a la isla, la hipocresía liberal de quienes se espantan ante cracks financieros pero callan ante tanta muerte por segundo. Seguro que además, ironizaría el hecho de ser la imagen de camisetas de sesenta dólares, bordadas por manitas de niños del Asia, a cambio de un mendrugo de pan o un plato de arroz.

Ernesto viviría en un medio básico de la isla de la juventud, convertido en un museo informal, lejos de las casitas de los miembros del buró, leyendo siempre esa elegía que su amigo Fidel le dedicó, cuando todos los daban por muerto en Bolivia, alcanzado por las mismas balas que fundaron y fundan cementerios de oprobio en aquellas serranías.

Veo a Ernesto desenpolvando las fotos de sus camaradas muertos en combate, allá en el África ardiente o en el gélido altiplano, derramando lágrimas por todos aquellos que ofrendaron sus vidas en busca de un sueño, sin importarles la muerte, o matar para seguir viviendo.

En estas épocas de zozobra en la isla, ¿Ernesto lamentaría el haber llegado a viejo, no caer en la sierra maestra, en el Congo belga, ni en la Bolivia feudal?. Si el Ché no hubiera muerto en 1967, hubiera tomado el fusíl para defender Viet-nam, liberar Angola, incendiar la pradera de Centroamérica toda, ser un tupamaro en el Uruguay, aparecer como un fantasma en el Brasil, la sierra argentina y la cordillera chilena, como alguna vez lo hizo en Perú, allá por los añejos sesentas. En todas esas trincheras, Ernesto hizo falta, al igual que en el fatídico año ochenta, faltó su aliento, su temple, sus valores, aquellos que solo se predican en vida, no pintado en la fachada de un edificio, ni convertido en evidente panfleto: Ernesto hizo falta en la isla, cuando los marielitos enrumbaron sus balsas, hacía donde no se pica caña, en una diáspora que aún no termina.

Si el Ché viviera, detestaría a quienes lo endiosan, no le venía eso de ser San Ernesto de la Izquierda, siempre tuvo en claro que el lugar donde le sorprendiera la muerte, bienvenida era; que la verdarera necrosis llega cuando se tiene rancio el corazón, y que el suyo siempre estará vivo, bien retratado en las balas de la libertad, en los gritos a viva voz, sin pactos infames, y en las letras de las miles de canciones con sentido, que siempre nos recordarán su querida presencia, humana y mortal.

Frank Delgado – Si el Ché viviera

>Voy a volver, regresaré, ve tú también

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Voy a irte a buscar

aunque en ello
me juegue
mi tercer deseo,
mi última oportunidad.

Augusto Blanca – El tercer deseo

Ella estaba cerca, lo presentía: podía otear su fragancia en las aceras húmedas, oir sus pasos lejanos a 30 minutos a la redonda, a buen andar.

Ella estaba allí, en un mar de ropas, protegida de aquél invierno que rechaza dejar sus dominios en aquella ciudad cercada por los cerros y el mar.

El había recorrido algunos desiertos para llegar hasta allí, muchas veces ausente de su cuerpo, convertido en un ser sin huesos que se guía por la rosa de los vientos, hasta recoger una botella varada por la corriente, con un mensaje que contenía besos sin tiempo, ni espacio.

Ahora, seis meses después de invernar en aquél valle cálido, echado en la hamaca de aquel refugio de madera, había decidido salir a su encuentro, sin mas mapas que su instinto, para encontrarla entre siete millones de extraños, en cualquier esquina, esperando el bus de las seis de la tarde, y decirle con los ojos aquellas palabras que no tienen grafemas, y besarla en el alma, como en aquellas madrugadas de idos de marzo.

Augusto Blanca & Silvio Rodríguez – El Tercer Deseo

14 - El Tercer Deseo (Con Silvio Rodríguez)

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