>Y amarramos los sueños

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Cuando miro los rostros
tras el vidrio empañado
sin saber quienes son,
donde van: pienso en tí




Era duro despertar antes del alba, rearmar extremidades entumecidas, levantarse de un tirón y ducharse con agua hirviente, para contrarrestar el frío, producto de la eterna neblina de aquella ciudad del caos.

Luego de un desayuno frugal, partió a esperar esas camionetas rurales no aptas para transporte urbano, que un día cualquiera aparecieron en aquella ciudad, para multiplicarse como plaga de langostas y establecer una dictadura del claxon, la palabra soez, apilando gente dentro de ellas , como si fueran sardinas enlatadas, con agua y sal.

En esa lata de sardinas humanas, se pasaba dos horas seguidas, con la mirada puesta en la ventana, como queriendo sentir la garúa invernal, pegando sus oidos a canciones de otros tiempos, donde todo era menos oscuro, más comprometido, y los cantantes no cantaban por cantar, ni mucho menos por tener buena voz.

Esas melodías le permitían hacer más llevadero ese largo viaje a tierras cálidas, a comprender esas miles de caras que veía andar, desconcertadas por saber que cada día son dueños de cada vez menos y que el pan cuesta cada vez mas.

Pero lo que apreciaba en realidad de esas trovadurías, eran los recuerdos del ayer y del mañana que se escondían en cada frase. Recuerdos de mujer de pasado y futuro, compañera en el ayer y en el mañana, siempre incierto y maravilloso.

No podía precisar si ella era la poesía encarnada, o simplemente Un haz de luz , de estrellas lejanas que irradian energía tal para que él, eterno solitario, pueda ponerse de pie, día a día, noche a noche, amarrando los sueños, sin temer a la precaria muerte acechante.

Victor Jara- Cuando voy al trabajo.

>Y pondrá el silencio de su dignidad …

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Esta tarde llueve, llueve mucho.
¡ Y no tengo ganas de vivir, corazón!

César Vallejo, Heces


Las serranías de Huarautambo se habían convertido en improvisado refugio de caminantes que curaban sus heridas dejadas por amores cobardes. Allí, en medio de montes y serránias, ellos conversaban sobre miles de temas; lejos, muy lejos de la extrañada ciudad con cielo panza de burro, de mi burro peruano del Perú, perdonen la tristeza.

– Hay un trovador cubano que ha musicalizado los poemas de Vallejo – dijo uno de ellos.

– Lo conseguiré regresando a la ciudad- dijo el más joven.

Ya en la urbe gris, los caminantes se volvieron a reunir, en amena reunión sazonada con botellas de pisco peruano. En un momento el anfitrión colocó un disco, recordando aquella promesa aún incumplida.

– Conseguí el disco, es Noel Nicola cantando los poemas de Vallejo –

Una voz semejante al trinar de un gorrión inundó la sala, con un poema familiar del poeta, y en un ritmo criollo, con una guitarra majestuosa:

Esta tarde es dulce. Por qué no ha de ser?
Viste de gracia y pena; viste de mujer.


– Qué precisos versos con los acordes, pero esa voz … –
– ¡Es Susana Baca!-

En efecto, quien cantaba esos versos tranformados en vals, era Susana, la diosa de ébano de la música negra peruana. ¿Cómo llegó su cantar a ese disco?. La leyenda dice que allá en los confusos años 80, Susana era una incomprendida artista que tenía ideas tan descabelladas como cantar los poemas de Vallejo en ritmo de vals o landó. Aburrida por el sistema musical y social que combinaba racismo con ignorancia, Susana viajó a Cuba, donde se encontró con Noel Nicola, quién impresionado por el talento de Baca, la invitó a colaborar en su disco en homenaje a Vallejo.

Esta tarde en Lima llueve. Y yo recuerdo
las cavernas crueles de mi ingratitud

– Vallejo escribió este poema bajo la garúa limeña … ¡escuchando un vals! – exclamó el mayor de los caminantes, inspirado por los efluvios del pisco.

Esa afirmación puede ser muy cierta, ya que la forma en que se conjugaban la melodía y los versos que hablaban de la dignidad del silencio cuando dañan al corazón y hay que decir adiós, era tan natural que pareciera que Noel y Susana fueron visitados por el fantasma de Vallejo, en un sueño profundo.

Terminado el poema, los caminantes la repitieron una, dos, y tres veces, en un intento por seguir sacando de los hondos dolores, un poquito de esos recuerdos que visten de mujer.

>Desde el fondo del tiempo y tu canoa

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Alerta estoy a tu costado abierto,
inmolada paloma solitaria, ay,
deja mirar tu río cuando vuelva
aquel que me promete tus flores de poeta.
Chabuca Granda – Las flores buenas de Javier

Hubo una bandada de niños que acudieron al llamado de la era, sin mas armas que la viva voz. y un rosal ardiente. Idealistas al extremo, pensaron que era posible ese sueño loco de cambiar el mundo, trocando la injusticia por revolución.

No estaban preparados para el fragor del combate, donde se contesta con maldad al mal hasta que el viejo orden se ahogue en su propio vómito de oprobio. Uno a uno, esos niños cayeron en combate, bajo balas traidoras que llevaban grabadas sus nombres para la eternidad.

Uno de esos niños se llamaba Javier Heraud, pero pudo ser Roque o Íbero, el nombre no importa, menos el lugar en que vieron la última luz, sea la selva enmarañada de cualquier parte de Indoamérica, germinando con su sangre esas terras pretas, sea una vieja casucha clandestina, sea un cuartel militar, sede de juicios sumarios .

Han pasado algunas décadas, y sus voces retumban aún en los oídos de quienes se niegan a sonreir ante el espanto de la masacre y la hambruna, los que no se compran ese viejo cuento del libre mercado, el enemigo invisible y la guerra preventiva.

Esos niños, sus voces y sus letras son inmortales, como las poetisas que los cantan y lloran, más allá del camino que vá del puente a la alameda.

Chabuca Granda – Las flores buenas de Javier

>cantarán los ruiseñores

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Cuidado con la CIA
que vienen los gusanos
no maten a Régis
y vámonos hermano.
Víctor Jara – A Cochabamba me voy

No era 1936, cuando la España Republicana era amenazada por el escorpión fascista, en la figura de un hombrecito con bigotito chaplinesco, bajo el amparo del Führer, el Duce y la santa Madre Iglesia Católica.

Tampoco corría el fatídico 1973, en Chile, cuando pájaros negros bombardeaban al presidente; ahogando en un mar de sangre una revolución ganada por décadas de lucha y refrendada en las urnas: la imagen de un general rastrero, auspiciado por un pérfido Nixon, con mirada avergonzada oculta en oscuras gafas y voz aflautada de chillidos hienescos, quedará siempre en los archivos de la felonía, sin olvido ni perdón.

No era la Nicaragua, Nicaraguita de los ochentas, saboteada por los contras, mercenarios bajo el amparo del dolar y el oprobio; del antiguo régimen gamonalista del garrote, cubierto en los nuevos trajes del neoliberalismo.

No era ninguna de esas oportunidades perdidas en los anales de la historia, ahora es Bolivia, sol del alto Perú, tierra hombres cobrizos, de corazón aymara, pago del apu Inti Illimani, de inmensas mayorías por siglos oprimidas, que luego de mucho bregar pudieron superar la valla que una democracia inspirada en el apartheid le impuso por décadas. Ahora, esas reformas apoyadas por el 70% de bolivianos, está siendo saboteada por el mismo fascismo, en la figura de un triste émulo de croatas nazis, el mismo racismo enfermo y la misma águila calva de otrora, aquella que odiará siempre el canto de los ruiseñores.

Esos prolongadores del pasado, usarán todas sus artimañas para que Bolivia caiga.

Y si un día cae Bolivia – digo, es un decir- si cae, los niños del mundo saldremos a buscarla.

Víctor Jara – A Cochabamba me voy

12 - A Cochabamba me voy
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>Ropa de abrigo, ven, vente conmigo

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Horizontal seis letras nombre de dama,
maldito crucigrama, maldito Bryce,

se mueren los botones de mis pijamas

desde que nadie me llama
supay, supay.
Joaquín Sabina – Rosa de Lima

Ximena de los dos caminos disfrutaba sus últimas horas de poder respirar ese aire cargado de humedad, mas apropiado para los peces, que habían convertido a los habitantes de esa ciudad sin sol en humanos con branquias, similares a lenguados, gris contra lo gris.

Ximena es un botón en flor, de rizados cabellos azabache, como sus ojos. Su fiel compañera, aparte de su eterna sonrisa que iluminaba la penumbra, era una cámara reflex, herencia de un viejo cronista, con la que gustaba capturar instantes de vida, de preferencia en tonos sepia, o claro-oscuros, como los avatares del destino.

En su breve humanidad, encierra una literata en ciernes: sus pequeñas historias habían conmovido a ojos disímiles, desde púberes aficionados a la poesía, hasta jóvenes viejos que han andado muchos caminos, a veces rectos, muchas otras sinuosos.

Ximena es Vallejiana, y sabe de las caídas hondas con estruendos mudos. Le encanta leer travesuras de la niña mala, además de ser convicta y confesa Sabinera, no en vano ella es una rosa de Lima, que a veces dice supay,supay; mientras se alimenta con carricoches de miga de pan y juega con soldaditos de lata.

Ximena miró de nuevo ese cielo de panza de burro que la acompañó diecisiete abriles, antes de subir al avión que la llevaría al país de las estrellas y barrotes, con un nudo en la garganta, y los ojos empapados con garúa de madrugada limeña, pero con la secreta convicción que algún día regresará, después de conocer otras galaxias, y darse cuenta que el mundo propio siempre es el mejor.

Joaquín Sabina – Rosa de Lima

>Y de la sombra sales tú

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Te doy una canción
como un disparo,
como un libro,
una palabra,
una guerrilla:

como doy el amor.
Silvio Rodríguez – Te doy una canción

Voz a ella debida, prenda encantada, canto por travesura, breve espacio donde habita su voz, que sí existe. En Tania las canciones viejas se reinventan, cobran nuevo sentido, se redescubren matices olvidados, aparecen tesituras escondidas en un rincón del alma.

En su cantar La Libertad es libertad dos veces. Escucharla es sentir nada mas que veintiún gramos de alma, mientras tocamos polvo de estrellas, sintiendo que el corazón nos reclama sus cuerdas vocales para expresarse más allá de sus latidos.

Trovadora de música universal: valsecitos con poesía, ritmo negro, canto libre, canción protesta, bolero en cadencia, bel canto. Siempre será Tania Libertad, de la buena tierra, hija del sol, heredera de incas y mochicas, de vestido blanco, guitarra en ristre, rizos al viento, figura menuda y trinar que invita a vivir, a sentir, a creer en la defensa del amor, con uñas y dientes.

>Sale en busca del invierno

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El Hombre del otro Día

Un día se encontró un perro herido
lo abrazó y le dijo amigo
le dio sombra y un recuerdo
y todo lo ke había perdido
Daniel F – El hombre del otro día

Se adelantó al despertar del alba, como lo venía haciendo desde los idos de marzo, cuando escogió ese cuarto de barro como refugio durante una cotidiana tempestad.

Así había sido siempre la vida de éste hombre, nacido durante un día con luna creciente, de septiembre, marcado por bombas, aviones y muerte. Quizá por esa razón, su vida transcurrió entre sobresaltos, vueltas de tuerca tanática, virajes inesperado que a veces suponían adioses intempestivos, nuevas identidades, reinvenciones apuradas.

En la esquina de la habitación, dormían apaciblemente dos perros, dentro de una casa de cedro que él mismo había tallado. Esos nobles animales eran los únicos seres en la tierra que podían ver en ese hombre vestigios de humanidad perdida a fuerza de golpes secos contra la realidad.

El hombre llevaba ya ciento veinte días con su nueva identidad: era esta vez un pastor de ovejas que ocultaba sus heridas de guerra con una espesa barba gris, a pesar de no llegar a los treinta años. Aunque había preferido mantenerse como ermitaño, no podía evitar conversar con los vecinos labriegos, hablarles de la calidad de las semillas, el mejor tiempo para usar la buena tierra, o simplemente contarles historias fanstásticas de zafras en países perdidos en la búsqueda del futuro.

Pero eran más las veces en que se perdía por las callejuelas de su memoria, siempre evocando a una mujer, aunque a fuerza de sentir espectros en su piel, no sabía bien que recordaba, al final, todos sus recuerdos de amores perdidos se habían fusionado hasta formar una imagen de mil rostros y aromas, sean de gardenias, capulí o flores marchitas.

Esa madrugada, había despertado de un sueño maravilloso, y se dió cuenta que la muchacha con la cual soñaba desde hace ciento veinte días, que le ocasionaba sentimientos agradables al pensarla, escucharla, imaginarla; y que creía tan sólo una creación con retazos de recuerdos, era en verdad otra mujer: un espíritu, un cuerpo y un corazón nuevo, esperando por él.

Por esa razón, emocionado tomó a sus perros, cerró su refugio y partió, antes que llegue el alba, en busca de un sueño con forma y aroma de mujer celestial, desapareciendo en la densa neblina caprichosa del azar.

El Hombre del Otro Día – Leuzemia