>Lorochay …

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Puede ser capaz en su exestencia de mi,

no seré forastero en este país
tierra donde hemos nacido

José María Arguedas – El zorro de arriba y el zorro de abajo

– No era un aculturado.
Chema jamás lo fué.
– En cambio, nosotros sí lo somos.
– En parte, aún puedes sentir el quichua en el corazón.
– Aunque no sepa el idioma.
– Te puedo enseñar, aprendí algo, de mi madre.
– Lo noté en tu dejo, Mi andina y dulce Rita, de juncó y capulí.

Ella sonrió, él adoraba su sonrisa, remedio infalible para rescatarlo de esos hiatos de melancolía, en especial en fiestas parias, cuando la ciudad gris se teñía de rojo y blanco, en un cosmético intento de decir nosotros.

– ¿Me cantas un huayno?
– Mejor que los zorros canten

José María Arguedas – Lorochay

>Ella era extraña …

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Y en su mirada, detenia la alborada
me decia “soy una hada volare hasta tu almohada
a pintarte el corazon”

Yo pienso en tí – Fernando Ubiergo


– Mi recuerdo siempre la viste de negro.
– Ha pasado mucho tiempo yá.
– Pero ella está presente en cada canción que dejó.
– ¿Qué extrañas más de ella, acaso sus poemas?
– Eran sencillos, en especial el de su despedida … pero nó, no es lo que extraño más.
– ¿su inteligencia?
– Recuerdo cuando visitó tu biblioteca y exclamó : “podría quedarme a vivir aquí”
– Ella tomó instintivamente un libro de Marcel Mauss … sí, recuerdo perfectamente.
– Pero nó … nó es eso lo que más extraño de ella.
– ¿Su belleza?
– Era menuda y de rizos perfectos, especialmente cuando sólo vestía su perfume … pero nó, no es su belleza lo que más extraño.
– ¿Entonces?
– Extraño su mirada.
– ¿ Cómo era?
– No lo sé, por eso es lo que extraño más.

Leuzemia – Yo pienso en tí

>Yo te seguiré en tu activismo ancestral

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Y hasta prometo aprender de memoria

el libro de Simone de Beauvoir.
Frank Delgado –Utopías

Religiosamente, de seis a nueve, él llegaba a echarse en su regazo, cansado del mundo. Ella ocultaba sus somníferos debajo del sofá y lo recibía, con la mejor de sus medias sonrisas. Entre ambos solitarios se había tejido una intensa trama de secretas complicidades, a la luz de la chimenea, al ras de la alfombra.

Así había sido desde aquél lejano otoño de mil novecientos noventiocho, cuando en medio de gases lacrimógenos se conocieron fortuitamente, a finales de una manifestación reprimida con varas del oficial. Él recordaba como si fuera ayer, aquella tarde, en que mojó su camisa en la fuente para limpiar el rostro encendido de aquella joven que tomó del brazo, instintivamente, para salvarla de una detención arbitraria. Fué la primera vez que miró sus enrojecidos ojos, fué la primera vez en que soñó perderse en sus labios, aferrarse a sus pechos, refugiarse en su cintura.

Luego, llegaron los cafés en el Queirolo, y allí descubrío en sus palabras a Beauvoir, Sartre, Youcernar, además de guerrilleras anónimas y activistas encarceladas. Él, que hasta ese entonces no había pasado de ser apenas un evidente panfleto curtido por Editorial Progreso, sintió un fuego en el alma altamente adictivo. Mas tarde, llegaron los besos y el fundirse juntos en frías habitaciones de hostal, en el grass de un parque olvidado, o simplemente mirando el mar de Barranco, en especial a las seis de la tarde.

Muchos años pasaron desde los tiempos aquellos: transcurrieron gobiernos civiles, modas musicales, los veinte años y nó pocas ideologías. También habían pasado amantes, dolores y desencuentros. Pero ellos siempre volvían a juntarse: Ella con efusivos discursos defendiendo la pureza del amor lésbico frente al culto fálico, él jurándole fidelidad eterna a pesar de los miles de olvidos o bromas de Dios. Al final, ambos eran simplemente dos refugiados del mundo real, construyendo su propia utopía de tres horas al día .

Frank Delgado – Utopías

>Al que anduvo en el mar …

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¡Oh, no eres tú mi cantar!
¡No puedo cantar, ni quiero
a ese Jesús del madero,
sino al que anduvo en el mar!

La saeta – Antonio Machado

Ese intrincado mapa de señales confusas que es la vida, lo condujo hasta aquella caleta de serenos pescadores, que esperan con paciencia echar sus redes al mar azul metálico, en busca del alimento diario.

– ¿Que buscas, forastero? – le preguntó al recién llegado el más viejo de los lobos de mar.
– Busco alimento para mi alma –

El viejo pescador miró los ojos del forastero, y se sorprendió al ver en sus pupilas cubiertas con un tono gris, como el smog de ciudades ajenas a ese paisaje.

– Vé hacía el final de la caleta, encontrarás un viejo bote, allí vive quien puede ayudarte –

Luego de andar doscientos pasos en direccion sur, llegó al bote señalado. No fué necesario llamar, ya lo esperaba aquél pescador de hombres, con la mirada serena y la barba cubierta de sal.

– Todos los caminos no conducen a Roma – le dijo el forastero.
– Los verdaderos caminos están en tu interior –
– ¿Puede quitarme el gris de los ojos?-
– ¿Puedes perdonarte a tí mismo? –
– No lo sé … ahora nó –

El pescador barbado sonrió, pronunció el nombre del forastero, y juntos se hicieron a la mar.


Camarón, Tomatito & Serrat – La Saeta

>Y no volví más …

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No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió

mándame una postal de San Telmo, adiós cuídate

y sonó entre tú y yo el silbato del tren.

Joaquin Sabina – Con la frente marchita

Y llegó al fin la muchacha – aquella mujer del puerto- donde se encontraría con su destino. Había corrido sin descansar, de un tirón, esas empinadas y maltrechas cuadras, que antaño sirvieron de refugio para la más rancia burguesía y emergentes colonias de migrantes de hablar cadencioso. Una vez llegado al viejo muelle de madera, con aquella vetusta corbeta, testigo de un pasado glorioso de combates ficticios, pudo al fin, encontrarse con aquél hombre, compañero de su soledad.

Él estaba allí, mirando al infinito, con el semblante adusto, casi convertido en estatua de sal, a merced de las gaviotas. Ella se acercó, empezó a otearlo, a reconocer su perfume; lo tocó, miró su bolso, lleno de extraños objetos de artesanía, que por semanas fueron pretexto de incontables anécdotas y aventuras de tierras lejanas, extrañas, ciudadelas perdidas.

Ella le susurró al oido todas las palabras que no alcanzó a decirle, pero no obtuvo respuesta: él prefería mirar al cielo, sin brillo en los ojos, sin ternura, sin vida, sin preguntas por absolver, sin sonrisa, sin seño , sin saña y sin ponzoña.

Y comprendió al fin, que él ya se había marchado en el último buque a vapor, pero había dejado su cuerpo, pesado equipaje, para hacer mas llevadero ese largo viaje de regreso a aquellas tierras de colores, de soles grises, de otoños.

Adriana Varela – Con la frente marchita

>Tiburón que buscas en la orilla …

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Y se traga el sol el horizonte
Y el nervioso mar se va calmando
se oyen los arrullos de sirena
Embobando al cielo con su canto
Rubén Blades – Tiburón

Nunca había olvidado las clases del aquél viejo libro de historia de segunda mano, donde le hablaban sobre los avatares de un ejército, desde las tierras de Moctezuma, hasta las playas de Tripoli.

Sea en Arizona, exterminando pieles rojas;
sea cruzando el Río Grande para engullirse medio México lindo y querido;
sea tomando las costas de cualquier nación del Caribe, bañando sus arenas blancas de sangre; sea colocando tiranos y aniquilar campesinos con garrote, tiñendo de carmesí los campos de maíz;
sea haciendo añicos la utopía de Bolívar, el sueño de Sandino, de Juan y Manuel;

Por estas y otras muchas, no se dejaba adormecer por cantos de sirenas, de esas que gritan freedom, mientras levantan muros de la verguenza a lo largo de sus fronteras.

Rubén Blades & Willie Colón – Tiburón