>Urgente saber la verdad que cura …

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Para ver el sol
para ver los ríos,
para ver los ríos con agua clara de lluvia

urgente saber la verdad tan cruda
urgente saber la verdad que cura

para ver los rios con agua clara de lluvia

para ver/para ver/para ver

para ver al hermano florecer
Omar Camino – Los ríos
Alan García en fosas de Accomarca, década de 1980
¿Qué ideas pasaron por su mente, en aquella seca mañana de sierra del sur, mientras observaba frente a sí, esos cuerpos inertes?, ¿tuviste una carga en tu conciencia, mientras exigías profundas investigaciones para dar con los culpables de ese “exceso”?.

Perdónenme, olvidé que Alan carece de ella.

¿Miró de frente aquellos ojos perdidos en el firmamento? , ¿se conmovió ante los niños arrancados del árbol de la vida por balas marciales que él, cual asesino de la ilusión, ordenó?.

Él, que pudo evitar tanta sangre derramada, al igual que Belaúnde, que pasó sus últimos años en una nube. ¿Qué piensa ahora, Alan García, cuando los muertos salen de la tierra veinte años después, a desnudar su inmoralidad? ¿Acaso creyó que ellos le habían perdonado, olvidado? Los vivos pueden tener mala memoria, pero los muertos jamás: tienen toda la vida para andar, recordando, recordando.

Ignoraba que él fuera tan ingenuo: allá, en Putis, centenares de anónimos claman justicia, ayudados por jóvenes arqueólogos que solamente desean recuperar la memoria, arrancándola de las manos callosas del olvido, y con ello, recuperar la fé que algún día en la patria todos nos miraremos como iguales, a los ojos, sin temor o aberración al otro, al distinto.

Y pienso en Mellisa Lund, colega, compañera de promoción, entrañable amiga, que ha preferido dejar su comodidad sanisidrina, su gabinete de anónima investigadora de momias milenarias, ajena a lo mundano, por aquellas heladas mañanas en la espalda del mundo. Pienso en su femenina valentía y vuelvo a confiar en la dignidad humana, en los principios que no se compran en ofertas irresistibles de mall, en la necesidad de hacer suyos poemas de otros, de aquellos sin voz que ahora le susurran al oído huaynitos y yaravíes.

Pienso en el trovar de Omar, tan necesario, tan fresco, tan florecer, que siento orgullo por mi generación, de aquellos que crecimos a oscuras pero siempre buscaremos el resplandor del amanecer.

Pienso en mí, y no sé, no sé, no sé.

Omar Camino – Los ríos

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>Yo voy amarte como a un cuento …

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Yo voy amarte como a un cuento
Y como a un disco volador

Sólo podrás cantar conmigo

Pues no sé hacer algo mejor

Silvio Rodriguez – Yo te invito a caminar conmigo

La muchacha recogió la flor de la acera, junto con aquellas letras enredadas en un pentagrama. Extrañada alzó la vista, pero apenas borrosas siluetas se podían divisar en la neblina. Acercó la hoja y sintió un en ella un perfume, un aroma que le resultaba familiar. Cerró los ojos y aquella esencia la llevó a sábados en la tarde, con aire cargado de sonidos del mundo, café de ceja de selva, tertulia interminable y sonrisas blancas, junto a un extraño ser, animal de otra galaxia – siempre pensó que venía de Júpiter – que en la tarde mas larga del año pasado había ingresado a su vida, sin pedir permiso siquiera. Cuando abrió sus ojos azabache, al leer el manuscrito se topó con una frase secretamente deseada:

… Yo te invito a caminar conmigo
aunque sea siempre un perseguido …

Ella cerró el viejo portón de madera, dió dos vueltas a la cerradura con la vetusta llave, herencia de la abuela, y avanzó a paso nervioso, en medio de la neblina, con dirección al norte, para encontrarse con su destino.


Silvio Rodriguez – Yo te invito a caminar conmigo

>Mi tibio rincón …

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… Y allí, en la arena,
entre los dos nació este poema,
este pobre poema de amor
para ti.
Joan Manuel Serrat, Poema de amor

Su rostro se turbó de imaginar el sabor a sal en la piel de la muchacha que le confiaba sus más secretos sueños mientras le tomaba de la mano, contemplándolo diáfana, casi filial. Algunos meses habían pasado desde que ambos se toparon bajo una fría garúa de junio de sábado corto, cuando él leía cuentos al azar, sentado en un banco de caoba, en medio de aquellos olivares coloniales, quizá el último refugio de la burguesía cultural en medio de la ciudad gris. -“Es extraño encontrar esas páginas calladas por aquí, ya no se estila” – le dijo ella, a las seis de la tarde, hace doce semanas.

Él lo recordaba con precisión, ya que desde ese día, la muchacha se había transformado en su secreta melodía, su laguna azul, su refugio de marfil, su dulce savia y su corazón en isla melanésica donde poder asilar su ser, siempre y cuando burle los vientos huracanados y llegue, para ofrendarle mullu, hasta las playas de su sentir esquivo, para luego besarla en el alma. Pero ahora, en ese instante, ella seguía – para su decepción – presa en ese sueño inconcluso, obsesivo. Con la paciencia al límite, la encaró, soltándole la mano:

– ¡Quizá no lo soñaste!, no lo sé … ¡quizás voltearás por fin para mirarlo, y te darás cuenta que siempre había sido el viento!, y esas palabras sólo eran un eco de volar de albatros ¿Qué harás entonces, niña mía? –
– Seguiré soñando, aunque cuando despierte solo quede arena entre mis dedos –

Joan Manuel Serrat – Poema de Amor

>E tornerà papà …

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Dormi bambino mio
E tornerà papà
Dormi tesoro moi
E lui ti porterà
Tutte le belle cose
Che tu potrai sognar
E anche delle rose
Per me se Dio vorrà
Salvatore Adamo – UN AIR EN FA MINEUR

Su figura apenas se distinguía en medio de la neblina y el aguacero; pero aquél infante en brazos de su madre, que lo observaba tras el vidrio catedral podía reconocerlo aún con los ojos cerrados. Al abrir la puerta, dejar el equipaje y fundirse en un abrazo del alma , supo que todo el sacrificio de andar los cuatro puntos cardinales tenía siempre la recompensa de la familia unida.

Así había sido, desde los tiempos aquellos en que los tres partieron en un viejo escarabajo hacía aquella town minera, muy junto al cielo. Allí, donde respirar el aire era una hazaña, esperaban los fines de semana para recorrer las soleadas plazas de armas de aquellos pueblitos en los andes peruanos, y disfrutar las tardes donde el padre le enseñó a amar estos pagos, sin saber que el hijo dos décadas después recogería esas lecciones, andando – con sus propios pasos y ya no en sus brazos – esas mismas plazas, esas calles estrechas y cuadradas, en una eterna y fértil búsqueda del tiempo perdido.

Salvatore Adamo – UN AIR EN FA MINEUR

>Que se vayan ellos …

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Que se vayan ellos
Los que encarcelaron
Los que torturaron
Los que te mataron
Piero & Jose Tcherkaski – Que se vayan ellos

¿Por qué se van los mejores jóvenes de nuestro país?, ¿por qué quieren respirar otros aires, sentir otra música, otear sinsabores?, ¿ de nada valió horas de insomnio, por pegarse a los libros para cultivar el alma idealista? ¿de nada sirvió caminar entre las estrechas aceras o empinadas trochas para juntarse con los hermanos, los demás?. Y sin embargo, ¿Por qué se quedan para siempre los politicastros de toda la vida, para regalar al extranjero lo que no les pertenece: nuestro mar, nuestros bosques, nuestro cielo, nuestro gas; mientras la inmensa mayoría es ilegal en su propia patria?, ¿Por qué soportamos sus discusiones bizantinas, su dudosa solvencia moral, mientras en la sierra niños caminan el frío, descalzos?, ¿Por qué aceptamos sus cifras trasnochadas, su discursos falaces, sus pactos abyectos, si cada día que pasa para los de a píe el arroz es de lujo, la carne es caviar, y el agua es oro? ¿Por qué sus discursos de modernidad y democracia, si te pueden detener en un centro comercial por poseer la piel cobriza, o ser tildado de subversivo por defender los campos, las especies en extinción?.

¿Por qué ellos no se van jamás a sus cuarteles de invierno, al exilio, dorado de ignonimia?;

¡Que se vayan ellos!.

Piero – Que se vayan ellos
08-Que Se Vayan Ellos

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>Porque el dolor no ha matado a la utopía …

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Yo sabía bien que ibas a volver,

que ibas a volver de cualquier lugar,
porque el dolor no ha matado a la utopía,
porque el amor es eterno
y la gente que te ama no te olvida.
Gerardo Alfonso – Son los sueños todavía

Despertó de pronto, en su tibia hamaca en aquella isla enclavada en arrecife de coral, al lado de una ninfa de piel canela. Se sirvió un líquido frugal y contempló el mar, ancho y ajeno; como antes lo habían sido esas tierras allende los mares, en tiempos remotos, de glebas y señores feudales.

Llevaba mil días allí, en esa anónima comunidad, alimentándose del mar, asistiendo a las reuniones donde todos valían por igual, siempre ante la atenta mirada del anciano guardián de la memoria colectiva. Pero él siempre destacaba, sea por su gran carisma, sea por la fuerza de sus pensamientos, sea por su paso al frente, liderando con machete en mano cada zafra, cada ciega.

Ese día caminó por la playa, dejando a la ninfa desnuda en la hamaca: era un hombre feliz, disfrutando del reposo del guerrero, del sol incandescente, de la arena nívea, de la mujer de curvas perfectas e ideas claras, como disfrutando del valhala en vida.

Pero sus pies se tropezaron con una botella que varó el mar. Extrañado, sonrío y la recogió al observar que contenía un pergamino, como en los viejos relatos de Robinsones. Al abrirlo observó un mapa con nombres extraños de pueblos olvidados en la prehistoria de la injusticia, junto a una frase grabada en tinta china, escueta y directa:

Toda la maldad del mundo ha nacido del egoísmo

Suspiró, caminando lentamente hacía la choza, pensando que el amor es eterno, la felicidad efímera y la lucha constante: había llegado el momento de partir al mundo real.

Gerardo Alfonso – Son los sueños todavía

>Basta ver el reflejo de tus ojos …

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Para contarte, canto

Quiero que sepas cuánto
Me haces bien

Me haces bien
,
Me haces bien
Jorge Drexler, Me haces bien

Ninguno de los dos pudo encontrar una explicación lógica, científica, cartesiana; del porqué después de coincidír en el asiento del bus, diez minutos antes de las siete; de encontrarse en la librería preguntando al unísono por el último poemario de su autor preferido; de recordar en simultáneo una melodía errante; o simplemente al final de un buenos días, a ambos seres extraviados en la ciudad sin estrellas, se les dibujaba en el rostro una sonrisa que no la podía borrar ni el más feróz tráfico de cinco de la tarde.

Jorge Drexler, Me haces bien