>Acuérdate de mí, si Abril te llega …

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Acuérdate de abril, recuerda
mi voz cantando a tu sonrisa;
acuérdate de abril, que no se aleja
si hay más congoja y menos prisa.
Amaury Perez, Acuérdate de Abril

Acuérdate de este abril en Managua, raudo y veloz; abril de Platero y yó, de relojes transformados en cangrejos, de salir de madrugada antes del alba, de tráficos inacabables, de ciudad tragicómica, de recuerdos del futuro, de la niña que pide al sol que se la lleve, de vagabundos algo cansados.

Acuérdate de este abril, de ritmo tibio, de besar estatuas de sal, de una voz que ya es tu voz desde hoy, de un triste azar que me detiene y doy en tierra, de sencilla contradicción, y de hacer juntos un cuentacuento.

Acuerdáte de este abril de día insospechado, de posada del fracaso, de sábanas de añil y claridad, de manantial de labios sin engaño, de Cesar Vallejo en el Montparnasse burgués, de besar tu perfil, no sé.

Amaury Perez & Eugenia León, Acuérdate de Abril

>Yo me quedo …

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¿Qué mares han de bañarte
y qué sol te abrazará,
qué clase de libertad
van a darte?

Pablo Milanés – Yo me quedo


Se despertó a las 5:00 am, se duchó con agua caliente (no tibia, ni media tibia), paseó al perro por el parque, desayuno frugal, marchóse a las 6:00 am, esperó a la lata coreana de sardinas rodante hasta encontrarla a las 6:20, se topó con el tráfico incipiente e inició un periplo de casi 2 horas hasta su destino final.

Al llegar, para su sorpresa ya había un centenar de jóvenes como él, la mayoría con traje de sastre, quizá del padre o pagadas en cómodas cuotas mensuales; y suspiró, revisó sus documentos, todos estaban en regla: su pasaporte, cédula de identidad, certificados de buena in-conducta, mejor pagador y niño casi bien, con antecedentes penales inexistentes, tercio superior desde el jardín (ahora kindergarten) hasta la maestría. Algunas cartas de recomendación y otros formularios completaban su expediente.

Miró a su alrededor, todos se le parecián, en cada cabeza caliente por el sol de verano podía distinguir a sus amigos de juventud, que ahora envían remesas desde todo el orbe; recordó a Pachón, ahora en busca del sueño americano de 12 horas diarias de trabajo en una fábrica; a Lalo, que guardó sus diplomas para amasar pan de madrugada en Canadá; en Erick, ahora en la Madre Patria despues de probar suerte en las Rusias; en Juanito, bodyguard de alguien importante en la Gran Manzana … en fin, no en vano en cada reencuentro en la kermesse del colegio los suyos eran cada vez menos.

La fila avanzaba a paso de tortuga ecuestre, y en cada paso veía su vida pasar. Había jurado quedarse para siempre en su patria, sin importarle la tentación al fracaso, ni la eterna crisis que habían hecho perpetuos los comedores populares de épocas de guerra, ni la falta de oportunidades para ser creativos en vez de recibir órdenes o hacer del oficio de usar la franela un arte. Siempre se resistía a las tentaciones de emigrar, pensando tozudamente que su patria nunca se jodió.

Pero ya estaba cansado, harto; harto de escuchar hablar de repúblicas unitarias, de políticos impresentables, de chorreo -huachafísimo argot- económico, de empresarios tábanos, de trámites burocráticos, de corrupción hereditaria, de becas exiguas, de premios consuelo, de domingos sin sol, de la prensa vendehumo, del racismo asolapado, de Eishia, de pisar después de tres años la ensenada y nunca ver agua potable, de repartos de víveres a las tres de la madrugada, de colectores de ignonimia, de desnutrición crónica en Huancavelica, de ser socialista y que le vean como un aliénigena (terruco), de escuchar la palabra terrorista como quien dice fulano y mengano, de cuidarse de las pandillas (lunpem-proletariado, para ser exactos), del aburguesamiento de los sindicatos, de la música sin sentido, disfrazada de autóctona y salvaje, ¡ah! y de su propia mediocridad.

Se preguntaba en la fila, que pasaría si le negaran la visa, quizá le pidan una opinion sobre Bush y el diría con franqueza que le parecía un son of the chingada, o que observen que su cumpleaños coincide con una fecha aciaga y termine con sus huesos en Guantánamo. Para esa posibilidad le quedaba una opción que consistía en viajar por tierra medio continente hasta llegar a Tijuana, y fungir de mojado, ilegal, clandestino en medio de tiburones tejanos armados con escopetas, al acecho, en busca de alcanzar la otra orilla del río Grande, convertido en un balsero en tierra, un exiliado, como esos miles que cruzan a diario una frontera, huyendo de la dictadura en democracia, de censuras que ostenta la libertad de prensa, del fraude en elecciones libres y del mercantilismo en tratados de libre comercio.

♫ ¿Qué clase de libertad van a darte?♫

De pronto, esa melodía salió de su vetusto walkman, y despertó del letargo, apartándose de la fila, en busca del sueño trunco llamado patria.


Pablo Milanés – Yo me quedo

09 Yo me quedo

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>Tuve miedo de ser una rueda

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Tuve miedo

y me regresé de la locura,
tuve miedo de ser una rueda
un color,
un paso,
PORQUE MIS OJOS ERAN NIÑOS
Y mi corazón
un botón más
de mi camisa de fuerza.
Pero hoy que mis ojos
visten pantalones largos
veo a la calle
que está mendiga de pasos.

Carlos Oquendo de Amat,
POEMA DEL MANICOMIO


(1)

Abrió los ojos lentamente, tratando de despegar las legañas incrustadas en sus pestañas. No recordaba en que momento inició su sueño, ni en qué lugar se encontraba, pues la penumbra hacía imposible identificar la habitación.

Quiso pronunciar una palabra, cualquiera que sea, pero le fue imposible: su mandíbula había quedado entumecida y solo salían de sus cuerdas vocales quejidos intensos. Luego del horror inicial que su estado le ocasionaba, comenzó a ordenar los últimos vestigios que aún le quedaba de lo que llamamos memoria o recuerdos de un pasado que sentía muy remoto, fué inútil.

Pensó en escapar de la cama, pero apenas tenía fuerzas suficientes para coordinar una idea; no tenía noción de los días transcurridos desde aquella tarde en que fué atacado por una severa crisis, en medio de la acera.

Sólo conservaba un recuerdo de niño, mirando a un indigente en harapos y mugre, que escribía poemas a carboncillo, con hermosa caligrafìa de cuadernillos Palmer. ¿Cuánto llevaba así? quizá días, meses o años, eso era trivial, lo que importaba era el presente y la camisa de fuerza, su única compañera.

Silvio RodríguezTema de los locos

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>Corazón animal de hombre imperfecto …

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Que el corazón animal
Que llevo de hombre imperfecto
Como un pájaro ha enrumbado, amor
Su anidar hacia tu pecho

Luis Enrique Mejía Godoy
Amando en tiempo de guerra.

Aún recuerdo ese lejano 1997, era el crepúsculo de un 11 de septiembre, cuando tu voz salió de ese vetusto casette grabado en aquellos días de abril, en una Managua liberada de la tiranía somosista, pero asediada por el águila calva y sus secuaces.

Era 1983, una masa compuesta por campesinos curtidos por días de sol, guerrilleros con plomo en la sangre, estudiantes que gritaban rebeldía, unidos todos por la esperanza de ser libres. Y tú, Amparo, subiste al escenario altiva, sonriente, y los arrullaste como una madre para con sus hijos, con esa canción de Mejía Godoy, los consolabas con tu voz, y les dabas ese remedio del alma que es la música con sentido.

Ese cassette llegó a nuestras manos, después de viajar miles de kilómetros, sobreviviendo a las balas asesinas de traidores mercenarios y al tiempo implacable que sepultó muchos sueños y vidas valiosas. Pero tu voz y tu magia estaba intacta: emocionó los corazones de esos jóvenes locos que sobrevivíamos a duras penas esas épocas de confusión, donde se anunciaba el fin de la historia y pronunciar la palabra más hermosa jamás escrita era considerado un acto subversivo.

Tu voz, Amparo querida, quedó para siempre en mi memoria, y cuando llegaron esos tiempos aciagos donde la mayoría reculó, te recordé gritándome que ningún golpe es mortal, si no se teme a la muerte. Para mí, no estás muerta, jamás partiste ese día de 1994, cuando yo ni te conocía. Estás viva en esa semilla que dejaste y ahora recorre el mundo, junto a los más necesitados, como tú lo hubieras hecho.


Hoy, mi recuerdo siempre te viste de blanco, Amparo querida.

Amando en tiempo de guerra – Amparo Ochoa

>Lápices de nubes

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Junto a las cunas infantiles,

junto los tristes moribundos,
cuentan que velan los gentiles
seres con alas de otro mundo
Cita con ángeles, Silvio Rodríguez
Caminaba sin contar sus pasos, cuando en medio de la multitud, alguien le dijo que mirara al cielo. Nunca supo de donde vino en esa voz pues hace mucho que sentía que caminaba solo, sin reparar en las personas que iban y venían interminablemente, casi en círculos, en medio de esas calles desordenadas y el tráfico infernal, mas aún en esos días de falaz prosperidad.

Cuando alzó la vista, quedó extrañado en esa extraña nube dibujada como cortando de tajo el cielo que de pronto dejó de tener ese característico tono de panza de rata, pasando a ser un celeste que gozaba de buena salud. Era extraña esa nube – cúmulo, nimbo, no recordaba como llamarla – como un trazo de lápiz, o el rastro que algún ente u objeto había dejado en ascenso o caída. Le sorprendío de sobremanera que ninguno de esos anónimos transeúntes habían reparado en esa figura dejada en un inédito cielo, pero recordó que hace mucho que los seres citadinos no observaban el firmamento, como se hacía en antaño, para predecir el tiempo, el destino o simplemente soñar despierto; sí, había olvidado las palabras del viejo y sabio poeta :

“Para verme con los muertos yo no voy al camposanto,
busco plazas, no desiertos, para verme con los muertos,
¡corazones hay tan yertos, almas hay que hieden tanto!”

Siguío mirando intrigado la nube, llegando a la conclusión que le estaba marcando un lugar, y así, apurando el paso y esquivando los autos, acudío a su encuentro. Despues de una hora de buen andar, se internó en los laberintos de calles donde las viejas casonas de quincha, decadentes supervivientes de un pasado virreinal y aristócrata, agonizaban.

Continúo caminando, hasta que por fin esa extraña señal en el cielo le indicaba un lugar seguro en la tierra:

Era un camposanto ubicado en el corazón de esa ciudad marchita, construída en épocas donde a los patricios se les enterraba bajo tierra, sea en impresionantes tumbas donde el dolor era retratado, sea en mausoleos que guardaban los huesos de toda la estirpe, rodeados siempre de ángeles guardianes, enclaustrados en efigies de mármol, granito y demás.

Hace muchos años que no visitaba ese asilo de ángeles, también de Cristos sangrantes y de Marías acongojadas, incluso observó a un hombre pétreo, cabisbajo; quizá era un otrora ser alado que no recordaba donde habían ido a parar sus alas, o quizá el Dios de los cielos se las había expropiado por incumplimiento de contrato o algo similar.

Iba preguntarle, intrigado, sobre el paradero de su ajuar emplumado cuando, de pronto, escucho que le llamaban por su nombre, sorprendido volteó hacía la voz, que provenía del lado plebeyo del cementerio, donde los nichos se apretaban uno encima de otro.

cuando distinguió las figuras, reconocío en ellas a algunos de sus amigos olvidados, todos llevaban flores blancas y rezaban ante la lápida de un hermoso ser que había partido meses trás, de forma inexplicable. Una muchacha se le acercó, lo abrazó y le interrogó tantas preguntas como fuerna posibles en 20 segundos:

_ !hola amigo!, ¿dónde has estado?; gracias por venir … es su cumpleaños, ¿cómo lo recordaste?, ¿cómo supiste que veniamos? –

_ Fué un soplo de algún ángel laborioso –

Silvio Rodríguez – Cita con ángeles

>Vallejo así nos descubrió …

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¿ Qué pasa?
¿Cuál resaca nos llevó
al silencio, a recordar?
Algún viento nos ha dado
y en sus puntas discutimos con la muerte.
Que no te sorprenda llorando …

Silvio Rodríguez, Emilia


Después de peregrinar toda una vida, el trovador se encontró al fin con los huesos del poeta que le había enseñado lo que era el dolor, dos veces. Al fin, el trovador podía cumplir la promesa que siendo adolescente -de todo y de nada – le había arrancado aquella joven que despertó cada una de sus células: corroborar si en verdad el poeta había muerto, y no era una desinformación común en tiempos de guerra fría, basada en un poema donde el vate vaticinaba su partida a la eternidad, como un reporte de noticias:
César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro

Vallejo, Piedra negra sobre una piedra blanca


Qué horriblemente hermoso era aquel tiempo …

Allí, mirando aquella lápida con ojos de niño, el trovador no pudo evitar recordarla, cuando ambos eran jóvenes y bellos, descubriendo las distintas formas de amar, en medio de inacabables tertulias, enfrascados entre escritos del viejo Marx, sonidos celestiales y frescos que después alguien llamaría trova, y Vallejo … siempre Vallejo estuvo presente entre el entonces joven trovador y aquella muchacha de ojos grises. Ahora, él los recordaba a ambos, especialmente en esa, la última noche en que sus huesos chocaron:

En esta noche rara en que tanto me has mirado,
la Muerte ha estado alegre y ha cantado en su hueso.
En esta noche de setiembre se ha oficiado
mi segunda caída y el más humano beso.


Vallejo, el poeta a su amada


El trovador tenía tanto que preguntarle al poeta; desde como predijo su muerte con exactitud tan matemática, hasta como se hace para sobrevivir con la resaca de todo lo sufrido, con ese charco de culpa en la mirada:

– No lo sé … perdóneme la tristeza – le respondío el poeta.

Silvio Rodríguez – Emilia